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Respuesta desde la teología al reto globalizador

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1. LA GLOBALIZACIÓN Y SUS RETOS

1.1.    UN TÉRMINO POLIÉDRICO

Desde hace unos años el término «globalización» y sus variantes parecen estar omnipresentes en el pensamiento occidental, casi siempre desde una perspectiva preferentemente económica, pero con fuertes vinculaciones sociales y culturales. Ante todo debemos tener en cuenta que la palabra globalización es de claro origen norteamericano y procede de globe (mundo), por lo que el término castellano más preciso sería mundialización. No obstante, el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, en su edición de 2001, incluye la primera pero no la segunda. Y la define así: «Globalización: tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales». Algunos estudiosos, como el sociólogo francés Alain Touraine, distinguen entre globalización y mundialización, dando a la globalización un carácter negativo en cuanto fuerza antidemocrática y supraestatal que frustra las conexiones interestatales y aperturistas de la mundialización. Percy Barnevik, antiguo presidente de la suiza ABB, dice claramente: «La globalización, para las empresas de mi grupo, es la libertad de invertir cuando y donde quieran, de producir lo que quieran, de comprar y vender donde quieran y de sufrir las menores restricciones posibles derivadas de la legislación laboral y convenciones sociales»1. Y el Fondo Monetario Internacional, de forma más técnica, pero en la misma línea, remarca «La globalización es la interdependencia económica creciente del conjunto de los países del mundo, provocada por el aumento del volumen y la variedad de las transacciones transfronterizas de bienes y servicios, así como de los flujos internacionales de capi tales, al tiempo que la difusión acelerada y generalizada de la tecnología».

Puede advertirse la dimensión predominantemente económica del fenómeno, que aparece como elemento catalizador de estas definiciones que, sin embargo, no expresan bien o, al menos no totalmente, su amplitud ni su riqueza de implicaciones, por lo que tal vez sea necesaria una reflexión mucho más profunda sobre un concepto que encierra una gran multiplicidad de matices2. Sin embargo, esta raíz predominantemente económica, producto del capitalismo liberal propio del primer mundo, creo que muestra con claridad los límites, los retos y los logros de la globalización y, al mismo tiempo, explica las vehementes tomas de postura a favor o en contra por parte de diversos sectores sociales que se reconocen respectivamente en las élites financieras y en los grupos antiglobalización o antisistema, aunque sin circunscribirse a ellos. Para el economista Martin Wolf, la globalización es «un proceso de integración de los mercados de bienes, servicios, capitales y quizás incluso de mano de obra», mientras que para Susan George, militante antiglobalizadora, es «una maquinaria destinada a concentrar riqueza y poder hacia lo alto de la escala social, maquina ria que, en todos los campos, toma a los mejores y deja a los restantes» 3. Ambos tienen parte de razón, pero no toda. La globalización es un fenómeno mundial que produce efectos sin duda positivos en algunos ámbitos pero, al mismo tiempo, encierra una serie de peligros y abunda en consecuencias negativas si no se tienen en cuenta y, sobre todo, si no se corrigen.

Estamos viviendo una época compleja. Los últimos veinte años del siglo XX contemplan la aceleración y la concreción de una serie de rasgos socieconómicos y financieros que vienen de lejos. Sería un error pensar que la globalización se inicia con las políticas tendentes a imponer el libre movimiento de capitales, estrategia propia de los Estados Unidos en los años ochenta. Lo que sí es cierto es que el proceso está dirigido por el régimen económico del primer mundo y orientado para favorecerlo. Si, por la propia inercia del sistema, no se corrige con la introducción de otros principios, cuanto más pobres son los países, menos beneficios obtienen hasta llegar a perjudicarles claramente.

1.2. FACTORES DE UN PROCESO

En cuanto a los escenarios que marcan el desarrollo globalizador, cuyos orígenes más remotos los encontramos en los procesos industrializadores del último tercio del siglo XIX, debemos recordar al menos cuatro 4. Veamos primero el factor económico. A comienzos de la dé cada de los setenta del pasado siglo, Estados Unidos decide el fin de los cambios fijos 5, lo que produce una inestabilidad en los mercados financieros. A esto se unen las importantísimas crisis de petróleo de 1973 y 1979, que desatan la inflación y el endeudamiento, mucho más graves en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo. El pro ceso culmina con las opciones neoliberales de los gobiernos estadounidenses de las décadas de los ochenta y noventa, personificados en los presidentes Ronald Reagan y Bill Clinton, aparentemente tan dispares, pero en la misma línea, por ejemplo, de propugnar e incluso imponer el libre movimiento de capitales a nivel mundial unido al fortísimo apoyo a las empresas para conseguir contratos. A esto se une el factor político, marcado por el hundimiento del bloque comunista, con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desaparición de la Unión Soviética en 1991, de modo que los Estados Unidos quedan como única superpotencia planetaria, con un reforzado papel de gendarme mundial y supremo criterio de moralidad. Existe también un importantísimo factor social provocado por la «revolución informática», que se desarrolla con fuerza sobre todo a partir de la década de los ochenta. Este proceso permite la aparición de las empresas en red, descentralizadas, ramificadas por todo el mundo y con productos cada vez más competitivos, por el abaratamiento de las materias primas, de la mano de obra y del transporte. Como resultado, se hacen cada vez más evidentes los desequilibrios entre países ricos y países pobres. Finalmente (last but not least), debemos hacer referencia al factor de pensamiento y fundamentación moral. En la última década del siglo XX se ha acelerado la desaparición de las ideologías, la pérdida de valores, la opción por lo práctico frente a lo teórico, la generalización en el primer mundo de la cultura del bienestar, el cambio en los modelos de referencia, la progresiva minoridad no sólo de la práctica, sino también de la propia referencia religiosa en las denominadas sociedades «avanzadas» y el retroceso de la cultura humanista frente a lo científico y lo técnico.

Todos estos factores, brevemente enunciados, contribuyen a dar un matiz peculiar al fenómeno globalizador y deben ser tenidos muy en cuenta tanto a la hora de examinar las causas como a la de explicar las consecuencias y afrontar posibles perspectivas de futuro.

1.3. EL MUNDO GLOBALIZADO

Sería amplio en exceso el intento de abordar de forma exhaustiva las consecuencias de la globalización y de los retos que presenta. Ya se han comentado algunos. Basten aquí, a modo de indicación, algunos hechos de especial relieve en el campo económico, político y social.

a) Economía

• Ahondamiento progresivo de la distancia entre países ricos y países pobres. Según el informe sobre Desarrollo Humano de 1999, la diferencia de renta entre la quinta parte de individuos que vi ven en los países más ricos y de los que viven en los países más pobres era en 1960 de 30 a 1; en 1990 de 60 a 1 y en 1997 de 74 a 1 6. El crecimiento continuo de los países ricos, la liberalización del mercado y la flexibilidad laboral tienen un alto coste en los sectores más desfavorecidos y en los países más atrasa dos. No obstante, también es cierto que la proporción de la población mundial que vive en la extrema pobreza ha disminuido notablemente.

• Tendencia al oligopolio, es decir al mercado en el que un número reducido de vendedores tienen el monopolio de la oferta, con la consiguiente concentración del capital en pocos grupos de extraordinario poder. Los casos más llamativos corresponden a las fusiones en los sectores de las comunicaciones, los bancos y la energía7. Como ha indicado el profesor Frassineti, «la facturación de dichos sectores es enorme y no deja de crecer: el objetivo estratégico de los diversos operadores es controlar toda la cadena, y es con esta lógica como se suceden las operaciones de adquisición y fusión, a golpes de millones de dólares» 8. También debemos considerar el factor supervivencia: cuanto más fuerte sea una empresa, más posibilidades tiene de ser competitiva y de subsistir.

• Crecimiento de la deuda externa en muchos países. El tema de la deuda externa es una verdadera lacra en la que están atrapa das diversas naciones en vías de desarrollo, sobre todo de Latino américa. Entre sus muchas y diversas causas podemos señalar las siguientes: la mala administración y la corrupción de los gobiernos, la política antiinflacionaria de los Estados Unidos y el brusco aumento de sus tipos de interés, la caída del precio de las ex portaciones en los países menos desarrollados, el enmascaramiento de la práctica insolvencia en algunos países (caso de México en 1982), el modo de obrar del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, etc9.

b) Política

• Disminución del poder del Estado y peligro de oscurecimiento democrático. Parece que la economía integrada a nivel mundial es quien dicta las reglas e impone sus criterios a los gobiernos de los Estados, con lo que se corre el riesgo de falsear el sistema democrático. El financiero George Soros ha recordado que «la iniciativa privada es más eficiente que el Estado a la hora de crear riqueza. Más aún, los estados tienden a abusar de su poder; la globalización ofrece un grado de libertad individual que ningún estado puede garantizar»10. El Estado se ocuparía tan sólo de garantizar la ley y el orden, cuidar la propia dinámica del mercado y atender los servicios sociales. El verdadero poder se desplaza así de los gobiernos a los mercados11. • Establecimiento de criterios de moralidad según la mayor o menor amistad o cercanía política y, sobre todo y principalmente, económica. Son amigos quienes favorecen el mercado12 y enemigos quienes lo ponen el peligro o lo obstaculizan; a estos últimos se les fuerza a una creciente marginalidad. Un caso clamo roso es el de Oriente Medio. Son amigos Israel, Arabia Saudita, los países del Golfo; el gran enemigo es Irak. Todos violan los derechos humanos y algunos incumplen reiteradamente las resoluciones de la ONU, pero la valoración es completamente distinta. Otro ejemplo es China, que con un régimen político comunista, perpetró la matanza de Tienanmen en 1989, pero a los pocos años el hecho quedó oficialmente olvidado en aras de los mercados y de la apertura económica china.

• Aparición y crecimiento de los movimientos antiglobalización, en los que se mezclan idealistas espontáneos, activistas sociales y grupos antisistema perfectamente organizados y financiados. En ocasiones expresan sus quejas de forma violenta y extremista, aprovechando las cumbres de los países ricos13, aunque otros muchos ejercen una acción seria y responsable. Es difícil hacer una valoración general de estos movimientos ya que son muy heterogéneos y con objetivos muy diferentes14.

c) Sociedad

• Desarrollo de una infraestructura de información global, que estimula la interrelación entre la informática, la telefonía y la tele visión, que convergen en los multimedia y en internet. Por una parte se logra una información al segundo para todo el mundo que participa en esta estructura pero, por otra, también facilita no sólo la creación artificial de estados de opinión, sino la posible manipulación de las noticias, silenciando opiniones no ajustadas a lo «políticamente correcto». Un caso concreto lo tenemos con las intervenciones del papa Juan Pablo II respecto al embargo contra Irak y la denominada «guerra preventiva». Desde hace muchos años los ha condenado de forma rotunda, sin que su mensaje tenga mayor presencia en los grandes centros de información mundial.

• Grandes flujos migratorios. La reducción del tiempo empleado en recorrer distancias geográficas debido al progreso técnico, el abaratamiento de los transportes y el fácil acceso a las telecomunicaciones ha producido una creciente y gran movilidad de personas con la consiguiente interrelación cultural y «acercamiento» del mundo15. Al mismo tiempo, hay que advertir el gran movimiento de emigración16 desde países pobres hacia los países ricos, fundamentalmente Estados Unidos y la Unión Europea. Ante esta oleada de emigrantes (necesaria en países como España, dado el envejecimiento de la población) los gobiernos han legislado al respecto de este fenómeno, no sólo para abordar los retos legales, sociales, políticos y culturales que plantea, sino también para tratar de reconducir el tema controlando en lo posible el quién, el cómo y el cuándo.

• Preocupación ecológica y creciente interés por lo que ocurre en el planeta. Se ha generalizado la conciencia de que la falta de cui dado de la naturaleza tiene unas graves repercusiones sociales. La búsqueda de beneficios a cualquier precio y sin ningún con trol trae consigo unas consecuencias medioambientales de una enorme importancia ya para el presente y, sobre todo, para el futuro: alteraciones climáticas, desertificación, agotamiento de recursos, contaminación. La cuestión que subyace es la que se refiere no tanto a los límites del desarrollo sino, ante todo, al modelo de desarrollo y a sus condiciones 17. Un paso importante en la búsqueda de soluciones es el Protocolo de Kioto (1997), por el que los firmantes se comprometen a reducir antes de 2010 la emisión de gases contaminantes que causan el llamado «efecto invernadero» 18.

Creo que, en definitiva, no se trata de plantear una dicotomía entre «globalización sí» y «globalización no», ni entre una defensa a ultranza del fenómeno y un rechazo absoluto. La globalización es un hecho, una realidad de nuestro mundo, que presenta aspectos muy positivos y enormes posibilidades. Al mismo tiempo plantea diferentes retos y exige importantes correcciones. ¿Cuál es la respuesta que podemos dar desde la teología a las diferentes cuestiones planteadas por la globalización?

2.       LA TEOLOGÍA ANTE EL DESAFÍO DE LA GLOBALI ZACIÓN

El Concilio Vaticano II mostró la necesidad que tiene la Iglesia, si quiere ser fiel al mandato de Cristo (Mt 28,1920), de conocer el mundo en el que ejercer su misión evangelizadora: «El gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» 19. Por eso, la Iglesia no permanece ajena a lo que constituye uno de los rasgos fundamentales del mundo al iniciar el tercer milenio, como es la globalización. Voy a tratar de exponer algunos de sus retos principales desde una perspectiva fundamentalmente teológica que avance res puestas en la medida de lo posible pero, sobre todo, que aporte luz en el camino cotidiano que nos toca recorrer.

2.1.    QUE TODOS SEAN UNO (Jn 17,21)

2.1.1. La universalidad como presupuesto

Diversos autores, sin duda bien intencionados, se esfuerzan por presentar a Cristo como «primer globalizador». Creo que el término, en sentido estricto, se queda corto para encerrar en él la perspectiva universal e integradora del Evangelio aunque, en sentido amplio y haciendo un guiño a la actualidad, podemos admitir que los rasgos positivos de la globalización encuentran su referencia en Cristo, como ocurre con todos los aspectos buenos, propios de los diferentes sistemas y realidades del mundo. Evidentemente el Evangelio es mucho más, pero resulta muy clarificadora la frase de Chiara Lubich de que «el primero en lanzar la globalización fue Jesús, cuando dijo: Que todos los hombres sean uno». Con ocasión de la Cumbre de Barcelona de 2002, escribe el delegado de Medios de Comunicación de la diócesis de Madrid: «Hoy, que en todo el orbe celebramos al Señor Resucitado, se nos hace patente que sólo él, Dios y hombre verdadero, puede ofrecernos una globalización que sea auténticamente humana, y auténticamente universal. La fuerza de su presencia atrae, desde su amor hasta el extremo, a todos los hombres de todos los tiempos, de todos los lugares, y de todas las formas de vida posibles, y nos une, en la libertad, a una globalización que no tiene fin, y que no engaña» 20.

El Reino de Dios no es excluyente: Cristo corrige las tendencias particularistas del pueblo de Israel reafirmando el universalismo fundamental de la salvación, ya presente en diversos pasajes vetero tesamentarios, que comienza con la afirmación del principio de unidad de todos los seres humanos, tal y como se recoge en los cinco prime ros capítulos del Génesis, con especial referencia a las figuras de Adán, «padre» de la humanidad (Gn 5,132) y de Abraham, depositario de la promesa divina de salvación para todos (Gn 9,1812,5). «En esta perspectiva, fundamentalmente universalista, del plan salvífico de Dios, la promesa divina de la elección y creación de su pueblo no significa la renuncia de Yahvé a la salvación de los demás pueblos de la tierra, sino que precisamente en y mediante el pueblo elegido se hace eficaz mente presente esta salvación en el mundo entero» 21. Jesús de Nazaret reafirma esta opción, un tanto oscurecida en su tiempo por el localismo y el particularismo presente en amplios sectores sociales y religiosos de Israel. Jesús no discrimina a nadie, ni es hombre de partido: él ha sido enviado a todo Israel, no a un sector o grupo. Pero encontramos otro rasgo de excepcional interés en la teología neotestamentaria y es la apertura de la comunidad mesiánica incluso a los paganos: «Se proclamará esta Buena Nueva del Reino al mundo entero para dar testimonio a todas las naciones» (Mt 24,14). El mensaje de Jesús se abre a una difusión sin límites 22, ya que él es el único salvador del mundo (Jn 4,42).

Aquí radica la universalidad, la unidad y la misión evangelizadora de la Iglesia, que se presenta siempre como unidad en Cristo, funda mentada en el amor. El papa Juan Pablo II lo ha recordado de forma rotunda: «La unidad de toda la humanidad herida es voluntad de Dios. Por esto Dios envió a su Hijo para que, muriendo y resucitando por nosotros, nos diese su Espíritu de amor» 23. Así, las diferentes imágenes de Iglesia siempre reflejan esta referencia a la unidad. La Iglesia es Pueblo  De Dios 24, Cuerpo de Cristo 25 y Familia de Dios 26, tal y como recoge en sus documentos el Concilio Vaticano II.

Este doble movimiento de apertura cristiana a la universalidad de los pueblos y de las gentes, sin exclusiones, y de unidad en Cristo para formar una sola familia, expresa bien y plenifica la tendencia del mundo actual a derribar barreras y a contemplar el mundo como un todo. La diferencia estriba en que, mientras para el cristiano la razón de esta unidad está en el amor, en la tendencia globalizadora la razón está en los intereses y en los impulsos económicos, que deben ser corregidos por criterios de índole superior.

2.1.2. Posibilidad y límite del nacionalismo

Una de las consecuencias prácticas de todo lo que venimos diciendo, la tenemos en la necesidad de clarificación cristiana de las opciones nacionalistas. Si el planeta es cada vez más una «aldea global», según la conocida expresión de Marshall McLuhan 27, donde las fronteras se difuminan, crece el sentimiento de ser «ciudadano del mundo» 28 y se avanza en la universalidad como criterio, se impone la re flexión sobre el nacionalismo desde un punto de vista cristiano. El Concilio Vaticano II invita a los ciudadanos a que cultiven «con magnanimidad y lealtad el amor a la patria, pero sin estrechez de espíritu, de suerte que miren siempre al mismo tiempo por el bien de toda la familia humana, unida por toda clase de vínculos entre razas, pueblos y naciones» 29. Recientemente la Conferencia Episcopal Española, tras recordar que «por nacionalismo se entiende una determinada opción política que hace de la defensa y del desarrollo de la identidad de una nación el eje de sus actividades», ha insistido en la idea expresada por el Concilio de que «la Iglesia, madre y maestra de todos los pueblos, acepta las opciones políticas de tipo nacionalista que se ajusten a la norma moral y a las exigencias del bien común. Se trata de una opción que, en ocasiones, puede mostrarse especialmente conveniente. El amor a la propia nación o a la patria, que es necesario cultivar, puede manifestarse como una opción política nacionalista»30. Por tanto, la Iglesia reafirma la identidad de las naciones y de los pueblos y no sólo la licitud, sino también la conveniencia de sentirse vinculado a las raíces e identificado con el grupo humano que se asienta en un territorio definido, con una lengua y unas tradiciones comunes.

Sin embargo, esta opción nacionalista no es absoluta y así lo re cuerda el papa Juan Pablo II, cuando advierte sobre las funestas con secuencias procedentes de la exacerbación de este sentimiento, cuan do «no se trata de amor legítimo a la propia patria o de estima a su identidad, sino de un rechazo del otro en su diferencia, para imponer se mejor a él. Todos los medios son buenos: la exaltación de la raza, que llega a identificar nación y etnia; la sobrevaloración del Estado, que piensa y decide por todos; la imposición de un modelo económico uniforme; y la nivelación de las diferencias culturales. Nos hallamos frente a un nuevo paganismo: la divinización de la nación. La historia ha demostrado que del nacionalismo se pasa muy rápidamente al totalitarismo y que, cuando los Estados ya no son iguales, las personas terminas por no serlo tampoco. De esta manera, se anula la solidaridad natural entre los pueblos, se pervierte el sentido de las proporciones y se desprecia el principio de la unidad del género hu mano» 31. Y la Conferencia Episcopal Española, en el documento antes citado, señala que la legitimidad de la opción nacionalista «debe mantenerse en los límites de la moral y de la justicia, y debe evitar un doble peligro: el primero, considerarse a sí misma como la única forma coherente de proponer el amor a la nación; el segundo, defender los propios valores nacionales excluyendo y menospreciando los de otras realidades nacionales o estatales». Y añade: «Cuando las condiciones señaladas no se respetan, el nacionalismo degenera en una ideología y un proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, tentado de las aspiraciones totalitarias que afectan a cualquier opción política que absolutiza sus propios objetivos. De la naturaleza perniciosa de este nacionalismo ha advertido el Magisterio de la Iglesia en numerosas ocasiones»32. El nacionalismo radical y excluyente atenta contra la misma fe cristiana y niega la universalidad de la Iglesia, además de constituir un sin sentido y una opción en retroceso en la dinámica política, social y económica del mundo actual.

2.2. TODO LO TENÍAN ELLOS EN COMÚN (Hch 4,32)

Ya hemos visto cómo la globalización tiene una marcada referencia económica. No me voy a extender aquí sobre la postura de la Iglesia, expresada ampliamente dentro de su doctrina social, ya que es objeto de otra ponencia dentro de estas Jornadas Agustinianas y a ella me remito. Tan sólo me limitaré a indicar algunos puntos fundamentales al respecto.

El punto de partida es la dignidad de la persona humana, cuya razón más alta es la vocación a la comunión con Dios, por lo que todas las realidades temporales le deben ser referidas como su centro y vértice 33. La economía, por tanto, está siempre al servicio del ser humano y no al revés. Sus estructuras sólo serán aceptables si dignifican a hombre, si están hechas por él y para él, si no se convierte en una fuerza ciega, sino que está regida por otros valores más altos. Desde un punto de vista cristiano, resulta evidente que «la economía y la producción son para el bien del hombre, y no el hombre para la acumulación del capital»34.

El papa Juan Pablo II ha recordado otro elemento de imprescindible para corregir las deficiencias de la globalización, sobre todo por lo que respecta al creciente abismo entre quienes pueden beneficiarse de las oportunidades que ofrece y los que son excluidos de ellas. Es la apuesta por la solidaridad. Por eso clama por «una revolución de la oportunidad, en la que todos los pueblos de la tierra contribuyan activamente a la prosperidad económica y compartan sus frutos. Dicho proceso debe estar encabezado por aquellas naciones cuyas tradiciones religiosas y culturales las hacen más atentas a la dimensión moral de las cuestiones implicadas». Y todo ello porque «un mundo global es sustancialmente un mundo solidario»35, con lo que se pone de relieve la dimensión social de lo que, con excesiva frecuencia, en un proceso marcado exclusivamente por los intereses económicos de los más poderosos. Resulta muy acertada la reflexión del profesor Manuel Cociña, secretario general de la Academia de Historia Eclesiástica de Sevilla: «Para que la globalización sea, efectivamente, un desafío y no una amenaza, es menester una nueva cultura política y empresarial, fruto de una acrecentada sensibilidad social que tiene, de verdad, como centro y protagonista del desarrollo de la sociedad a la persona humana. Es obligado, pues, fomentar la participación social frente al utilitarismo egoísta, alumbrar una nueva conciencia ética en los diversos sectores que intervienen en el proceso productivo, fortalecer el papel de la familia sin la que la socialización se antoja imposible y, por último, continuar la promoción de la mujer. Sólo un profundo sentido ético y humanista de la empresa y de la sociedad puede encauzar las enormes posibilidades de crecimiento que ha producido la globalización en los sistemas económicos»36.

2.3.    PARA SER LIBRES NOS HA LIBERADO CRISTO (Gal 5,1)

2.3.1. El papel del Estado en un mundo global

Se ha hablado mucho del peligro de que la integración internacional lleve consigo tanto la imposibilidad de los Estados de proporcionar y garantizar los bienes que necesitan los ciudadanos, como la imposibilidad práctica de participación ciudadana en la toma de decisiones, al quedar todo condicionado por los intereses económicos de otros centros de poder. Las sociedades se verían así imposibilitadas para tomar sus propias decisiones y se falsearía el sistema democrático. Esta idea, expresada con mayor o menor virulencia, ha sido una de las críticas más fuertes a la globalización 37.

Tras la caída del Muro de Berlín y poco antes del colapso de la Unión Soviética, el papa Juan Pablo II publicó una encíclica para con memorar los cien años de la Rerum novarum, en la que hace referencia a la democracia y al papel del Estado. Sobre la primera, afirma que «una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta comprensión de la persona humana». De no ser así es fácil deslizarse hacia el totalitarismo, que se erige por encima de todos los valores y tiraniza a los individuos y a los pueblos, de los que hace meros instrumentos. Respecto a la aparición de grupos de poder que usurpen las funciones estatales, la Iglesia re chaza de forma rotunda»la formación de grupos dirigentes restringidos que, por intereses particulares o por motivos ideológicos, usurpen el papel del Estado» 38. En cuanto a las funciones de éste respecto al tema que nos ocupa, las palabras del papa son muy claras: «La actividad económica, en particular la economía de mercado, no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario, supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y ser vicios públicos eficientes» 39. El papa habla de cuatro incumbencias del Estado en el terreno económico: garantizar la seguridad, de manera que quien trabaja y produce pueda gozar de los frutos de su trabajo; vigilar y encauzar el ejercicio de los derechos humanos en el sector eco nómico; intervenir cuando situaciones particulares de monopolio creen rémoras u obstáculos al desarrollo, respetando siempre el principio de subsidiariedad 40. Esto debe permitir una mayor participación del ciudadano en el proyecto común de la sociedad civil a escala mundial 41.

Basándose en el valor indiscutible de la persona humana y en sus derechos, fundamentados en el Evangelio y en la Tradición, la Iglesia rechaza todo lo que atente contra la dignidad del ser humano. De ahí su firme contestación a todo totalitarismo, sea político o económico. No es aceptable la postura de algunos grupos que bendicen, toleran o al menos justifican dictaduras económicas o políticas según su tendencia, sin considerar los hechos y sin confrontarlos con el Evangelio. Cristo y su Buena Noticia están por encima de cualquier ideología.

2.3.2. La deuda externa

«Misericordia quiero y no sacrificios» (Mt 9,13; cf. Os 6,6). Dios prefiere un corazón compasivo, más que la multiplicación de prácticas rigoristas y vacías. Los cristianos, que tenemos por único manda miento el amor, no podemos permanecer indiferentes ante el sufrimiento y la amargura de los hombres y de los pueblos 42. Ya Pablo VI advertía contra la avaricia de los países ricos, que no podrá sino sus citar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con importantes con secuencias de difícil previsión 43. Hoy día, una de las realidades más sangrantes, que condiciona el desarrollo de numerosas naciones, es el tema de la deuda externa. El problema del endeudamiento por parte de estos países, muchos de ellos pertenecientes a América Latina, ha sido objeto de evidentes instrumentalizaciones interesadas, aunque este hecho no disminuye la realidad dramática en la que se encuentran estos pueblos y que exige una solución y una respuesta como cristianos. El papa Juan Pablo II ha pedido en numerosas ocasiones la condonación o al menos la reducción de esta deuda externa, que ha tenido un cierto eco en los gobiernos y parlamentos (no así en los organismos financieros internacionales), con decisiones de las que se han beneficiado los países más pobres y endeudados (no tanto los países de América Latina). Son muchos los ámbitos que se han movilizado con el mismo fin, en una campaña que ha sacudido las conciencias cristianas 44.

El origen de la deuda es complejo, como reconocía Susan George, una de las más activas representantes del movimiento antiglobalización45. Por una parte tenemos la desastrosa política económica de los gobiernos de estos países y la profunda corrupción, pero también se debe reconocer la ausencia de escrúpulos en los grandes sistemas financieros, que han utilizado la deuda como mecanismo de control, que impide el desarrollo de los pueblos y les mantiene en una situación de absoluta dependencia. La Conferencia Episcopal Española, como otros episcopados del mundo, se han hecho eco de las reitera das peticiones del papa para que sea perdonada la deuda externa o al menos reducida sustancialmente: «Creemos que es urgente, por tanto, que se tomen medidas para eliminar la deuda, dado que la condonación de la misma es una condición previa para que los países más pobres puedan luchar eficazmente contra la miseria y la pobreza, como ponía de relieve el Santo Padre recientemente. Medidas de ese tipo, no sólo practicables y éticamente exigibles, son totalmente necesarias y hasta imprescindibles en nombre de la justicia y de la solidaridad que une a todos los seres humanos y a todos los pueblos creados por un mismo y único Dios, a su imagen y semejanza y con idéntica dignidad» 46.

Pero no debemos caer en la demagogia o en soluciones simplistas que puedan acarrear un nuevo endeudamiento de estos países, el despilfarro en obras innecesarias, la compra de armas o el lucro de gobernantes corruptos. La comunidad internacional, en estos tiempos de globalización, tiene derecho a exigir garantías y a imponer condiciones, incluidas auditorías para evitar el despilfarro, ligando la condonación de la deuda a la obligación de resultados. Tampoco parece acertado propugnar una solución idéntica para todas las situaciones, prefiriendo una refinanciación del servicio de la deuda, hasta que se tengan garantías de una política económica y social correcta y con razonables garantías de éxito 47. En cualquier caso, el clamor de estas naciones no puede dejarnos indiferentes.

2.3.3. La emigración

Es verdad que el abaratamiento de los transportes y la concepción global del mundo han facilitado los intercambios y los viajes entre ciudadanos de distintas naciones. Hoy es incomparablemente más fá cil establecerse en otro país de lo que lo era hace unas décadas. Sin embargo debemos matizar esta afirmación, distinguiendo la que se da procedente entre los países ricos y la procedente de países pobres. En estos últimos la emigración viene con frecuencia motivada por la búsqueda de medios adecuados de subsistencia cuando no por verdadera indigencia y pobreza extrema. En general, si todos somos ciudadanos del mundo, todos deberían tener las mismas posibilidades para establecerse allí donde considerasen conveniente para mejorar sus condiciones de vida 48. Pero no es así. La emigración aporta soluciones para el futuro de países desarrollados que, como España, tienen una bajísima tasa de natalidad, pero con un nivel de vida que se convierte en un atractivo para estas gentes que viven en países de renta mucho más baja. Con frecuencia los emigrantes se encuentran, además del inevitable desarraigo, con una serie de trabas que van desde la discriminación laboral al racismo más o menos encubierto. Sobre la discriminación en el trabajo, resuenan las claras palabras de Juan Pablo II: «Lo más importante es que el hombre, que trabaja fuera de su país natal, como emigrante o como trabajador temporal, no se encuentre en des ventaja en el ámbito de los derechos concernientes al trabajo respecto a los demás trabajadores de aquella determinada sociedad. La emigración por motivos de trabajo no puede convertirse de ninguna manera en ocasión de explotación financiera o social» 49. Y qué decir sobre los comportamientos racistas y xenófobos, radicalmente anticristianos que atentan contra la dignidad de la persona, y que ofenden e insultan al mismo Dios. Escuchar expresiones racistas en boca de quien se dice cristiano o incluso en la de personas pretendidamente religiosas o consagradas no sólo produce vergüenza ajena, sino también un profundo asco y una inevitable repugnancia.

No debe negarse al Estado el derecho y el deber de legislar sobre los movimientos migratorios, como tampoco la obligación que tiene de luchar contra situaciones de ilegalidad, así como defender el bien común. Los obispos españoles así lo recuerdan: «Tampoco se trata de que la sociedad, que debe vivir bajo la tutela del derecho, renuncie a poner los medios para acabar con las situaciones de ilegalidad, cuyos primeros perjudicados son los mismos inmigrantes que las padecen. A la sabiduría política de los gobernantes corresponde conjugar lo anterior con el respeto a los derechos humanos y con la permanente deuda de solidaridad que los países desarrollados tenemos con los países pobres, potenciando además actuaciones humanitarias»50.

La respuesta cristiana al reto de la emigración no puede olvidar que Dios peregrinó al encuentro del hombre y que tampoco él encontró sitio en el albergue (cf. Lc 2,7). Es la eterna historia de un mundo hostil al que viene de fuera. No obstante la acogida y la hospitalidad es uno de los rasgos más valorados en la Sagrada Escritura 51, y es una de las concreciones del amor a Cristo en el hermano necesitado: «Era forastero y me acogisteis» (Mt. 25, 35). Creo importante resaltar que «la hospitalidad obliga al reconocimiento y acogida de todo ser humano por su grandeza y dignidad como persona, superando toda relación puramente utilitaria. La hospitalidad nos impulsa a salir al encuentro del otro para acogerle, a ofrecerle lo que somos y tenemos. La hospitalidad reclama de nosotros la solidaridad y la generosidad compartiendo nuestros bienes con el necesitado y nos impulsa a vivir la justicia y la fraternidad en el ámbito laboral, social y familiar para que todo el que llega a nuestra tierra se sienta uno más entre nosotros de forma que, de verdad, aquí no sobre nadie» 52. Si la Iglesia es la familia de Dios, nadie puede ser extranjero en ella53.

2.4. VI UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA (Ap 21,1)

2.4.1. Ecología y defensa del medio ambiente El mandato recogido en el libro del Génesis, «llenad la tierra y sometedla» (1,28), implica la participación del ser humano en la obra creadora de Dios, tal y como recuerda el Concilio Vaticano II 54. A él se le encomienda el destino de lo creado, pero siempre desde el reconocimiento al Creador y desde el respeto al conjunto de la creación, que debe desarrollar y mejorar con vistas a las generaciones futuras. La referencia a Dios es el punto de partida imprescindible, ya que sien do imagen suya, el hombre no puede ejercer un dominio absoluto y abusivo, sino siempre corresponsable y colaborador, sometido a leyes tanto biológicas como morales. «En la raíz de la insensata destrucción del ambiente natural hay un error antropológico, por desgracia muy difundido en nuestro tiempo. El hombre, que descubre su capacidad de transformar y, en cierto sentido, de crear el mundo con el propio trabajo, olvida que éste se desarrolla siempre sobre la base de la primera y originaria donación de las cosas por parte de Dios [...]. En vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios en la obra de la creación, el hombre suplanta a Dios y con ello provoca la rebelión de la naturaleza, más bien tiranizada que gobernada por él»55. Los cristianos estamos llamados a realizar una profunda revisión, a la luz de la fe, de nuestros comportamientos y actitudes que comienzan por una toma de conciencia del problema, sin minusvalorarlo ni ridiculizarlo. El reto es muy grave y compromete el presente y el futuro de un mundo que es nuestra casa y de unos seres humanos que son nuestros semejantes y nuestros hermanos. 

Por otra parte hay que resaltar una importante consecuencia que se deriva de esta concepción cristiana: los bienes de la tierra son patrimonio común 56, y no debe permitirse el abuso de unos pocos que los destruyan, los degraden o los alteren gravemente, de modo que otros sufran las consecuencias. El problema no es sólo estético, ni debe reducirse a una causa meramente política, que con frecuencia oculta otros intereses. Los atentados al medio ambiente tienen unas claras y dramáticas repercusiones sociales. Pero con frecuencia los países más contaminantes no quieren cuestionar sus modelos de consumo y sus criterios empresariales en los que todo vale con tal de obtener los mayores beneficios y las máximas comodidades inmediatas57. Es el triunfo de la insolidaridad y del egoísmo, donde se tiende a la desaparición de las normas éticas y morales. Por eso es necesario afrontar el problema ecológico desde la responsabilidad, el autocontrol, la justicia y el amor fraterno 58. Como nos recuerda lúcidamente el teólogo Ruiz de la Peña, «la solución no está en sustituir las tecnologías “duras” o “sucias” por tecnologías “blandas” o “limpias”, la industrialización “salvaje” por una industrialización “civilizada”, sino en sustituir el egoísmo personal y colectivo por el altruismo, la codicia por el desprendimiento, la hostilidad entre clases y naciones por una fraternidad efectiva y sacrificada, no retórica ni propagandística»59.

2.4.2. Intercambio cultural y diálogo interreligioso

Ya hemos visto cómo el respeto a la persona concreta y la apertura a la universalidad son dos características de la fe cristiana. Cada individuo es importante, en cuanto único e irrepetible, imagen de Dios y sujeto de su amor. Y, al mismo tiempo, miembro de la gran familia humana, hijos del mismo Padre celestial, al que nos dirigimos con una sola voz (cf. Mt 6,9; Lc 11,2). Desde este punto de vista, a la vez personal y universal, la Iglesia aborda el tema de la cultura en un mundo donde las nuevas tecnologías y la práctica reducción del espacio facilitan el crecimiento de los vínculos entre los pueblos de la tierra.

La facilidad de este intercambio en un mundo cada vez más interrelacionado ha supuesto la progresiva unificación de los modos de vida y de los símbolos culturales 60. Sin embargo, podemos constatar cómo las naciones más desarrolladas se convierten en núcleos difusores de cultura mientras que el resto del mundo permanece como periferia61, de modo que un número reducido de países, con gran desarrollo tecnológico y económico, controlan lo que se ha venido a llamar «industrias culturales», llegando a ejercer una verdadera colonización cultural sobre otros países y otros pueblos. Esta situación, a todas luces injusta pero por desgracia muy presente en nuestra época, puede originar una progresiva pérdida de identidad tanto en los individuos como de los pueblos o bien una reacción fundamentalista y cerrada contra el entorno, en el caso de los que llegan, o contra lo foráneo, en el caso de los que reciben. Es preciso evitar ambos extremos, porque atentan contra lo que debe constituir un enriquecimiento mutuo desde el res peto a lo que cada uno es, con todo lo que supone. Esto se advierte en el reto general planteado por los emigrantes. Al abordar cualquier tipo de solución, deben cuidarse y tutelarse dos principios, ambos legítimos. Por una parte la salvaguarda de la identidad cultural de cada pueblo, incluyendo a las minorías, por otra el necesario y exigible respeto a la identidad del país de acogida, que no puede menospreciarse en aras de una mal entendida tolerancia62. Esto también es válido al hablar de países, naciones y regiones: respetar la identidad de todas las culturas como punto de partida para el cultivo y salvaguarda de la propia identidad como pueblo, impidiendo así el empobrecedor «mestizaje cultural» 63 y, de igual manera, evitar la exclusión de la diversidad, ya que de otra forma se llegaría al racismo y al nacionalismo exacerbado, ambos anticristianos.

Respecto a la injusta colonización cultural, debemos tener en cuenta otro aspecto a menudo olvidado: la pérdida de la referencia a Dios al tratarse, con frecuencia, de modelos ateos y empobrecedores de la persona, a los que lamentablemente hacen coro grupos y sectores que se dicen cristianos pero que no son más que tristes comparsas de una feroz campaña descristianizadora. Juan Pablo II pone en guardia al respecto: «Se trata de un fenómeno de vastas proporciones, sostenido por poderosas campañas de los medios de comunicación social, que tienden a proponer estilos de vida, proyectos sociales y económicos y, en definitiva, una visión general de la realidad, que erosiona internamente organizaciones culturales distintas y civilizaciones nobilísimas. Por su destacado carácter científico y técnico, los modelos culturales de Occidente son fascinantes y atrayentes, pero muestran, por desgracia y siempre con mayor evidencia, un progresivo empobrecimiento humanístico, espiritual y moral. La cultura que los produce está mar cada por la dramática pretensión de querer realizar el bien del hombre prescindiendo de Dios, supremo Bien»64. El reiterado llamamiento es a no perder las raíces cristianas en la cultura, en aras de una pretendida modernidad, de una falsa liberación o de un fingido progresismo.

La relación y en el encuentro se produce no sólo entre culturas, sino también entre religiones. El Concilio Vaticano II marcó ya el camino del diálogo al reconocer, sí, las discrepancias que nos separan, en ocasiones muy grandes, pero también la existencia en las otras religiones de «un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres» 65. El diálogo interreligioso no supone traicionar la propia fe y el mandato evangelizador de Cristo (cf. Mt 28,1920), que es tarea irrenunciable de todo cristiano, llamado a dar siempre razón de su esperanza (cf 1 Pe 3,15); tampoco significa caer en un sincretismo, diluyendo la propia identidad o buscando una religión común basada en un consenso de mínimos. Es, ni más ni menos, una exigencia de la propia fe que se abre al hermano, miembro de la única familia humana, en la común defensa de los derechos de la persona, comenzando por el de la vida, en el reconocimiento de la dimensión trascendente del ser humano y en el compromiso con aquellos valores que pueden hacer del mundo un lugar más habitable 66.

En esta época de la globalización, va creciendo otro fenómeno que supone un auténtico desafío en el aspecto religioso y es la difusión de corrientes del tipo new age 67, que niegan el Dios personal revelado en Jesucristo. «Se trata del regreso de una religiosidad salvaje, que el cardenal Lehmann ha definido teoplasma, una especie de plastilina religiosa a partir de la cual cada uno se fabrica sus dioses a su propio gusto, adaptándolos a las necesidades propias» 68. No es posible olvidar que el único Dios en el que creemos y al cual confesamos es el Dios revelado en Cristo.

3. UN APUNTE AGUSTINIANO

A modo de conclusión, quiero recordar algunos puntos del pensamiento de san Agustín, que iluminan con sorprendente actualidad esta reflexión desde la teología sobre el mundo en que vivimos. Radicada en el Evangelio, la voz del Obispo de Hipona resuena nítida a lo lar go de la Historia, hasta estos inicios del tercer milenio.

El mundo globalizado es hogar de todos, porque todos participamos de la misma humanidad69 y, más aún, porque todos hemos sido hechos hijos de Dios: «Además, agradezcamos a su misericordia que para ser Padre nuestro sólo nos exige aquello que a ningún precio, sino con buena voluntad puede adquirirse. Amonéstese aquí también a los hombres ricos o de noble estirpe según el mundo que cuando se hicieren cristianos no se ensoberbezcan contra los pobres y plebeyos porque justamente con ellos dicen a Dios Padre nuestro, lo cual no pueden decir verdadera y piadosamente si no se conocen como hermanos» 70. Esta fraternidad universal, basada en la unidad en Dios, nos exige reconocer en los demás a nuestros hermanos y, por tanto, cualquier atentado a la dignidad de la persona humana es un atentado al propio Dios. Pero no se trata sólo de evitar el daño a los demás: su grito de dolor llega a nuestros oídos. Si somos hermanos hay que luchar contra la injusticia, denunciar la pavorosa desigualdad, tomar parte activa a favor de los pobres y los necesitados, los que sufren y los que lloran, los que son oprimidos y los que padecen cualquier tipo de explotación. Tristemente, ellos son la mayoría y, sin embargo, «no es atendida la miseria de innumerables mendigos, no son consideradas las masas de pobres que vienen detrás, sino que se pone delante de los ojos la minoría de los que son más ricos» 71. Debe quedar claro que la unidad cristiana no se basa en intereses económicos, ni políticos, ni laborales, sino que se trata de la unidad en el amor. «Si yo pudiera persuadirte hacia dónde has de mirar, te diría: Dios es amor» 72. Con viene recordar lo que dice la Sagrada Escritura al respecto y que fundamenta la doctrina agustiniana sobre la justicia social: «Si alguien dice: yo amo a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y nosotros hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Jn 4,2021). Las consecuencias son evidentes y san Agustín las expresa de forma rotunda y con absoluta claridad: «Que nadie se forje ilusiones de poder llegar a la felicidad, ni a Dios, objeto de sus amores, si desprecia al prójimo»73. Es preciso que todos y cada uno de nosotros nos esforcemos por lograr un mundo más justo, más solidario, más fraterno. Y esto es una exigencia que brota de la propia fe cristiana que profesamos.

Esta fe debe orientar el vivir y el actuar del cristiano y su implicación en la sociedad, ya que «el plan de Dios sobre el mundo es que los hombres restauren, con ánimo concorde, el orden de las cosas temporales y lo perfeccionen sin cesar» 74. La promoción del bien común en libertad lleva consigo la necesaria implicación de los cristianos en la tarea política siendo coherentes con la propia conciencia 75. Por tanto es rechazable el laicismo militante que pretende reducir la fe cristiana al ámbito de lo privado y a la esfera de las prácticas religiosas. Debemos trabajar para que los valores del Evangelio orienten la acción legislativa, administrativa, cultural y económica en la promoción del bien común dentro de un mundo sin fronteras y que debe ser cada vez más justo y, por tanto, más solidario. Ya decía san Agustín que «si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?»76.

La reflexión teológica sobre un mundo globalizado implica necesariamente también una reflexión sobre la Iglesia, definida por san Agustín como Cuerpo de Cristo: «Cuando nombro a muchos cristianos, reconozco a uno solo en un solo Cristo. Luego sois muchos y sois uno. ¿Cómo somos muchos y uno? Porque estamos unido a Aquel del cual somos sus miembros»77. Desde aquí se desarrolla la doctrina agustiniana sobre el Totus Christus, que resplandece en la plenitud de su Iglesia hasta el punto de poder decir que «nosotros somos él, por que somos sus miembros, porque somos su cuerpo, por ser él nuestra cabeza, por ser el Cristo total, la cabeza y el cuerpo»78. Las referencias a la unidad de la Iglesia en Cristo, unión de identificación, unión de amor implica una unidad personal pero, al mismo tiempo, también el respeto a la diversidad y a la identidad de cada uno 79, que es riqueza para todos. Como se ha apuntado lúcidamente, la vocación de la Iglesia «consiste en ser —a través de las relaciones entre Iglesia global e Iglesias particulares— sacramento de la unidad del género humano, signo e instrumento de globalización. La nota de la catolicidad e convierte para la Iglesia de hoy en una llamada, cada vez más urgente» 80.

Por último quiero referirme al mandato que san Agustín dirige a quienes desean vivir en comunidad y que hoy resuena con acentos nuevos para un mundo que es familia común y hogar de todos: «Vi vid en la casa unánimes y tened una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios» 81. Para nosotros es, al mismo tiempo, premio, tarea y esperanza.

 

1. GEORGE, S.  WOLF, M., La globalización liberal. A favor y en contra, Barcelona 2002, 17.

2. Cf. BECK, U., ¿Qué es la globalización?, Barcelona 1998; DEHESA, G. de la, Comprender la globalización, Madrid 2000; ESTEFANÍA, J., «El fenómeno de la globalización»: TAMAYO ACOSTA, J.J. (dir.), 10 palabras clave sobre globalización, Estella 2002, 1951; ESTEFANÍA, J., Hij@, ¿qué es la globalización?, Madrid 2002.

3. GEORGE, S.  WOLF, M., La globalización..., 1819.

4. Cf. FRASSINETI, C., La globalización vista desde los últimos, Santander 2000, 1121; ESTEFANÍA, J., El fenómeno..., 2831.

5. Resultaba imposible asegurar el contravalor en oro para el dólar debido al endeudamiento provocado por la guerra de Vietnam y al creciente desarrollo de las transacciones del mercado, con una Europa (sobre todo Alemania) y un Japón cada vez más fuertes.

6. Cf. UNDP, Informe 1999 sobre el desarrollo humano.

7. RAMONET, I., «Apocalypse media»: Le Monde Diplomatique, abril 1997. 8. FRASSINETI, C., La globalización..., 2425. 9. Cf. GEORGE, S.  WOLF, M., La globalización..., 8398.

10. SOROS, G., Globalización, Barcelona 2002, 23.

11. Así opina Luis Ángel Rojo, antiguo gobernador del Banco de España. Cf. J. ESTEFANÍA, El fenómeno..., 2324.

12. «Los mercados son amorales: permiten que la gente actúe según sus intereses. Imponen algunas normas sobre cómo expresar esos intereses, pero no añaden ningún juicio moral a los intereses mismos. Ésta es una de las razones por las que son tan eficientes»: SOROS, G, Globalización..., 25.

13. Cabe recordar, por su virulencia, las actuaciones contra la Organización Mundial del Comercio (Seattle 1999) y contra la cumbre del G8 (Génova 2001).

14. Cf. PASTOR, J., ¿Qué son los movimientos antiglobalización?, Barcelona 2002; SOMMIER, I., Les nouveaux mouvements contestataires à l’heure de la mondialisation, Paris 2001; WATERMAN, P., Globalization, social movements and the new internatio nalism, London 1998.

15. LUCAS, J.D. (ed), Los derechos de las minorías en una sociedad multicultural, Madrid 1999.

16. Cf. ESCOBAR, R., La Iglesia católica y las nuevas migraciones en América Latina y en el mundo, Ciudad del Vaticano 1991; FORNETBETANCOURT, R., «Interculturalidad e inmigración»: TAMAYO ACOSTA, J.J. (dir.), 10 palabras clave sobre globalización, Estella 2002, 205232.

17. FRASSINETI, C., La globalización..., 4165.

18. Estados Unidos, el mayor emisor de anhídrido carbónico del mundo, se ha negado a firmar el Protocolo de Kyoto debido a intereses económicos y empresariales.

19. CONCILIO VATICANO II, Constitución Gaudium et spes, n. 1.

20. BRU ALONSO, M., «Jesús globalizador»: Al hilo de la actualidad, 31 marzo de 2002.

21. ANTÓN, A., La Iglesia de Cristo, Madrid 1977, 292.

22. Cf. ANTÓN, A., La Iglesia..., 344355; BLAUW, J., The Missionary Nature of the Church, Plymouth 1964; LÉONDUFOUR, X., Lectura del Evangelio de Juan, vol I, Salamanca 1997, 311319.

23. JUAN PABLO II, Carta encíclica Ut unum sint, 25 de mayo de 1995, n. 6.

24. Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium, nn. 9.11.13.31; Cons titución Gaudium et spes, n. 32; Decreto Ad gentes, n. 2.

25. Cf. IBID., Constitución Lumen gentium, nn. 3.7.3033.52; Constitución Sacro sanctum Concilium, n. 7; Decreto Christus Dominus, n. 15; Decreto Orientalium Eccle siarum, n. 2; Decreto Presbyterorum ordinis, nn. 2.9.12.

26. Cf. IBID., Constitución Lumen gentium, n. 6; Constitución Gaudium et spes, nn. 4042.

27. MCLUHAN, M.  POWERS, B., La aldea global, Barcelona 1990.

28. Ya el beato Juan XXIII había afirmado que «todo católico, en cuanto tal, es y debe considerarse verdaderamente ciudadano del mundo entero»: Discurso en la festividad de Pentecostés, 18 de junio de 1960.

29. CONCILIO VATICANO II, Constitución Gaudium et spes, n. 75d.

30. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción Pastoral Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias, noviembre de 2002, n. 31.

31. Discurso al cuerpo diplomático, 15 de enero de 1994. 32. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Instrucción Pastoral Valoración..., n. 32.

33. CONCILIO VATICANO II, Constitución Gaudium et spes, nn. 12.14.19.34.

34. JUAN PABLO II, Discurso al mundo de la empresa, Milán 22 de mayo de 1983. «La vida económica no tiende solamente a multiplicar los bienes producidos y a aumentar el lucro o el poder; está ordenada ante todo al servicio de las personas, del hombre entero y de toda la comunidad humana»: Catecismo de la Iglesia católica, Madrid 1992, n. 2426.

35. JUAN PABLO II, Discurso en la audiencia a George W. Bush, presidente de los Estados Unidos, 23 de julio de 2001.

36. COCIÑA, M.J., «Globalizar la solidaridad»: Ecclesia n. 2998, 27 de mayo de 2000, 67.

37. Cf. COMÍN I OLIVERES, A., «La mundialización: aspectos políticos»: CRISTIANIS ME I JUSTICIA, ¿Mundialización o conquista?, Santander 1999, 87159.

38. JUAN PABLO II, Carta encíclica Centesimus annus, 1 de mayo de 1991, n. 45.

39. Ibid., n. 48. 40. Ibid. 41. COCIÑA, M.J., Globalizar....

42. «Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17).

43. PABLO VI, Carta encíclica Populorum progressio, 26 de marzo de 1967, n. 49. Con motivo de la preparación del Gran Jubileo del año 2000 los obispos españoles declaraban que «es moralmente inaceptable la presente situación de desigualdad y su frimiento de la mayor parte de la humanidad, mientras una minoría accede a condiciones de vida cada vez más confortables, incluso a costa de los mismos países pobres, y se aferra a ellas como a algo propio. Esta minoría es incapaz de compartir los bienes, que han sido creados por Dios para el disfrute de toda la humanidad, con los que no pertenecen a su propio ámbito geopolítico»: CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Declaración acerca de la condonación de la deuda externa, Madrid 2326 de noviembre de 1999.

44. En nuestro país tuvo especial significado la campaña «Deuda externa ¿deuda eterna? Año 2000: libertad para mil millones de personas», promovida con ocasión del Jubileo del año 2000 por Cáritas, Confer, Justicia y Paz, y Manos Unidas.

45. Cf. GEORGE, S.  WOLF, M., La globalización..., 9495.

46. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Declaración acerca de la condonación de la deuda...

47. Cf. GEORGE, S.  WOLF, M., La globalización..., 8990. 48. Cf. JUAN XXIII, Carta encíclica Pacem in terris, 11 de abril de 1963, n. 25.

49. JUAN PABLO II, Carta encíclica Laborem exercens, 14 de septiembre de 1981, n. 23c.

50. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Carta pastoral para la Jornada Pontificia de las Migraciones, 29 de septiembre de 2002.

51. «Quienes no han vivido un éxodo no pueden comprender totalmente la Biblia»: BRO, B., Pero, ¿qué diablos hacía Dios antes de la creación?, Barcelona 1977, 88. Cf. GONZÁLEZCARVAJAL, L., Los cristianos del siglo XXI, Santander 2000, 5961.

52. CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Carta pastoral de los obispos para la Jornada Pontificia de las Migraciones, 30 de septiembre de 2001.

53. Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen Gentium, n.32. 54. Cf. IBID., Constitución Gaudium et spes, n. 34.

55. JUAN PABLO II, Carta encíclica Centesimus annus, n. 37; Cf. PABLO VI, Carta apostólica Octogesima adveniens, 14 de mayo de 1971, n. 21.

56. Cf. AA.VV., El desafío ecológico. Ecología y humanismo, Salamanca 1985.

57. «En realidad de lo que se trata es de llevar a la conciencia colectiva la convicción de que la calidad de vida sólo es posible merced a un estilo de vida que privilegie el ser, y que resulta imposible si se expolia sistemáticamente la naturaleza en aras de una hipertrofia del tener»: RUIZ DE LA PEÑA, J.L., Crisis y apología de la fe, Santander 1995, 268.

58. Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias, 22 de octubre de 1993.

59. RUIZ DE LA PEÑA, J.L. Teología de la creación, Santander 1986, 193.

60. «La cultura es expresión cualificada del hombre y de sus vicisitudes históricas, tanto a nivel individual como colectivo»: JUAN PABLO II, Mensaje para celebra ción de la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2001, n.4; cf. CONCILIO VATICA NO II, Constitución Gaudium et spes, n. 53.

61. Cf. UNIÓN DE SUPERIORES GENERALES, Dentro de la globalización: hacia una comunicación pluricéntrica e intercultural, Roma 2000, n. 16.

62. Cf. POUPARD, P., «La Iglesia frente a los desafíos de la modernidad»: Ecclesia n. 306061, 4 y 11 de agosto de 2001, 46.

63. Entendemos por mestizaje cultural la fusión de todas las culturas en una sola. Cf. GONZÁLEZCARVAJAL, L, Los cristianos..., 64.

64. JUAN PABLO II, Mensaje para celebración de la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 2001, n. 9.

65. CONCILIO VATICANO II, Declaración Nostra aetate, n. 2.

66. Representantes de diversas religiones rezaron en Asís por la paz, convocados por Juan Pablo II, el 27 de octubre de 1986 y el 24 de enero de 2002.

67. Cf. PONTIFICIO CONSEJO PARA LA CULTURA  PONTIFICIO CONSEJO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO, Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la New Age, Roma 2003; GIL, J.C  NISTAL, J.A., New Age. Una religiosidad desconcertante, Barcelona 1994.

68. POUPARD, P., «La Iglesia frente a los desafíos..., 46. El texto del cardenal Leh mann: LEHMANN, K., «Dio è più grande dell’uomo»: Il Regno attualità 44 (1999) 640. 69. «Como quiera que cada hombre en concreto es una porción del género huma nal y la misma naturaleza humana es de condición sociable, síguese de ello una gran de excelencia natural, como es el vínculo solidario de la amistad entre todos los hombres»: Del bien del matrimonio 1,1. Cito según las Obras Completas de san Agustín editadas por la Biblioteca de Autores Cristianos.

70. Sermón de la montaña 2,4,16.

71. Sermón 9,19. «Cuando el hombre intenta dominar a los que son por naturaleza iguales a él, es decir, a los hombres, esto constituye una soberbia absolutamente intolerable»: Sobre la doctrina cristiana 1,23,23; cf. Sermones 8586.

72. Sermón 23,9. 73. Costumbres de la Iglesia católica 1,26,51.

74. CONCILIO VATICANO II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 7.

75. Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, «Compromiso y conducta de los católicos en la vida política», Roma 24 de noviembre de 2002: Ecclesia n. 3137, 25 de enero de 2003, 2632.

76. La Ciudad de Dios 4,4.

77. E narraciones sobre los salmos 127,4.

78. Sermón 133,8; cf. Tratado sobre el Evangelio de san Juan 21,8.

79. Cf. E narraciones sobre los salmos 130,6.

80. UNIÓN DE SUPERIORES GENERALES, Dentro de la globalización..., n. 46. 81. Regla 1,3.