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Doctrina social y fenómenos económicos en un mundo de globalización

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Con frecuencia, la observación de los aspectos más evidentes en la vida de una comunidad, así como el análisis de los problemas que en el laboratorio de estudio se presentan con aparente univocidad, son objeto de malformación en unos casos y de errónea y deliberada segmentación en otros, de modo que lo que se presentaba como una tarea más en el ansia de buscar la verdad y la razón de ser de las cosas, se convierte en una lucha denodada contra las valoraciones desmedidas a las que el investigador no puede permanecer ajeno.

Por eso, en el propósito de estas líneas está, ante todo, el desarrollar, con el mayor grado de rigor y objetividad posibles, una reflexión abierta y sincera sobre un fenómeno tan actual como polémico que es el de la globalización o, según el gusto de algunos, el de la mundialización. Y, en cualquier caso, sea cual fuere el término adoptado, traer a nuestra consideración, el funcionamiento de un mundo de relaciones múltiples, de circulación libre y sin cortapisas y de las que, por razones profesionales, he decidido centrarme en aquellas en las que mi opinión, aunque con todos los riesgos de error, puede recibir el apelativo de opinión, y que son aquellas que configuran el mundo económico o, si se prefiere el mundo de las relaciones eco nómicas.

En este sentido, para el propósito de esta colaboración, cuando hablemos de globalización o de mundialización, estaremos hablando de un modelo teórico de relaciones económicas de toda especie, entre Estados, entre personas que integran y viven en una comunidad, que siente necesidades, materiales e inmateriales, y que tratan de satisfacerlas del modo menos oneroso posible, y cuyo marco de relación lo es en un espacio de libertad, sin interferencias que la mengüen, sin discriminaciones de carácter positivo o negativo, en un escenario en el que se dispone de un activo ausente hasta las épocas recientes, pero esencial en los comienzos del siglo veintiuno: las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, hoy disponibles.

Acercarnos a la realidad, no en vano la Economía está considera da una ciencia social, en cuya base está siempre la persona humana y la comunidad, con unas pretensiones y unos objetivos que tratan de alcanzar mediante decisiones, con pretensión de correctas y acertadas, aunque con el riesgo de que sean erróneas, nos llevará a considerar, necesariamente, las asimetrías que se hacen patentes en las condiciones de partida y en los resultados, entre distintos miembros de la familia humana universal.

Estas asimetrías, que se dejan notar en la diferenciación de las condiciones de vida de personas, pueblos y naciones, no pueden pasar desapercibidas a la óptica del cristiano. Por ello, no tratándose aquí de perfilar un modelo económico más o menos elaborado, intentaremos, seguramente con mejor voluntad que resultados, iluminar ese marco relacional de estirpe económica con el mensaje siempre presente, siempre vivo, de la Doctrina Social de la Iglesia, para poder al menos apuntar las dimensiones morales, los aspectos éticos, del comporta miento de las personas cuando actúan en el mundo económico.

De entre los diferentes aspectos que podríamos tratar, hemos preferido seleccionar dos tipos de relaciones económicas, sobre todo teniendo presente lo significativas que son, y el papel que desempeñan, en ese escenario de globalización ante el que nos situamos en el comienzo del tercer milenio de la era cristiana. Nos referiremos así, a las relaciones sobre las que se construye el comercio internacional y aquellas que son la base del sistema financiero internacional con ese desaforado movimiento de capitales. En ambos casos, y a efectos metodológicos, distinguiremos las líneas o caracteres que determinan el plano teórico doctrinal, de un lado y, de otro, el análisis de la realidad tangible que se presenta como evidente.

1. EL COMERCIO INTERNACIONAL: RELACIÓN ENTRE SUS AGENTES

Quizá el empeño de ver la mediatización en el comercio exterior —también ocurre cuando analizamos las relaciones comerciales en el seno de la propia economía de la nación— por estructuras de poder, de manipulación, de dominio en definitiva, no nos permiten observar el fenómeno comercial como un hecho relacional económico entre la economía de producción y la economía de consumo.

Si conseguimos despojar de estos ropajes que, por otra parte, no son inherentes a la esencia de la actividad comercial, podremos ver que ésta, es decir, el comercio, no es más que una parte de la actividad humana de carácter económico, por la que entran en contacto los su jetos responsables de la economía de producción —empresas— y aquellos que toman las decisiones en la economía de consumo —familias y sujetos individuales—, con el intento de dar satisfacción a sus pre tensiones [por parte de las economías de consumo, dar satisfacción a unas necesidades mediante unos bienes y, por parte de las economías de producción, tratar de conseguir unos beneficios, por naturaleza in ciertos]. En nada se altera este marco relacional por el hecho de que, el nexo de unión entre unos agentes y otros se haga de forma directa o que lo sea mediante la intervención de intermediarios.

La materia, el objeto sobre el que incide esta relación, este con tacto, es la entrega de una mercancía o la prestación de un servicio, a cambio del pago de un precio. Tampoco varía el carácter comercial de la relación, el hecho de que el precio que se pague lo sea en dinero o mediante la entrega de otra mercancía [sistema comercial de trueque]. Quizá en unas economías monetizadas como las que vivimos desde hace muchos lustros, incluso siglos, el arcaísmo del trueque puede llevarnos a suponer que el fenómeno comercial, en uno y otro caso, es diferente. De hecho, aún en las economías monetizadas modernas, cuando el dinero pierde la confianza de los agentes económicos para intervenir como mediador en las transacciones —guerras, fuertes inflaciones, etc.—, la fuerza del mercado y la necesidad de la transacción, impulsan nuevamente al sistema comercial a refugiarse en el true que, fundamentalmente porque el dinero pierde una de las razones para su aceptabilidad: su capacidad para ser depósito de riqueza.

Así las cosas, y desde esta desmitificación del fenómeno comercial, el cambio o intercambio de mercancías por mercancías, de mercancías por dinero o de dinero por dinero, pues todo ello constituye ingredientes del comercio, no es más que una necesidad de carácter espontáneo que surge cuando se pasa de una economía de autoabastecimiento, de autosuficiencia, a una economía de especialización, por tenue y sencilla que ésta sea. Es en definitiva a partir de la especialización, cuando brota la necesidad de intercambiar las mercancías cuya producción se ha concentrado en manos diferenciadas. De aquí que pongamos de relieve que es esta espontaneidad y no la creación artificiosa de poder alguno, la que justifica y respalda la existencia del comercio y de las relaciones comerciales.

Esta espontaneidad natural que preside la relación comercial es la que, sin lugar a dudas, impulsa a los teólogos y moralistas de la Es cuela de Salamanca en el siglo XVI, a considerar lícito todo cambio real. Sólo se declaran ilícitos los llamados intercambios secos, es decir aquellos que carecen de causa y que con extrema facilidad conducen a la usura.

De este modo, el comercio libre, tanto desde su vertiente ética como desde el propio análisis económico, ha sido considerado como un instrumento beneficioso para la sociedad en su conjunto. Ventaja que se deriva del propio hecho de la especialización, ya que ésta per mite un mejor aprovechamiento de los recursos productivos que, no olvidemos, son escasos en la naturaleza y, consecuentemente, todo ello conduce a costes de producción más bajos en beneficio de todos los consumidores.

A su vez, la especialización supone una selección de las diversas economías, para concentrar sus procesos productivos en aquel tipo de actividades —producción de bienes y servicios— para los que encuentren ventajas comparativas respecto a su entorno económico. Así lo vio también David Ricardo en 1817, siendo su construcción teórica referencia obligada en toda la teoría del comercio internacional.

Dice Ricardo: «En un sistema de comercio absolutamente libre, cada país invertirá naturalmente su capital y su trabajo en empleos tales que sean lo más beneficioso para ambos. Esta persecución del provecho individual está admirablemente relacionada con el bienestar universal. Distribuye el trabajo en la forma más efectiva y económica posible al estimular la industria, recompensar el ingenio y por el más eficaz empleo de las aptitudes peculiares con que lo ha dotado la naturaleza; al incrementar la masa general de la producción, difunde el beneficio general y une a la sociedad universal de las naciones en todo el mundo civilizado con un mismo lazo de interés e intercambio común a todas ellas»1.

Además de los aspectos beneficiosos, en el marco de la eficiencia económica, que se atribuye al comercio libre, éste es también un instrumento de extraordinaria eficacia para la transferencia de rentas desde los consumidores a los productores. Su funcionamiento, como un ór gano de perfecta capilaridad, hace que cuando el consumidor, tras su elección libre del bien o servicio que pueda satisfacer su necesidad, paga el precio en el mercado, su importe inicia una vía de regreso que acabará localizando, donde estén, a todos los factores que intervinieron en el proceso de producción y distribución para distribuirse entre ellos según sus diversas aportaciones.

Sólo la restricción a la libertad de comercio podrá impedir que el proceso se desarrolle con absoluta normalidad. En esa transferencia de rentas de unos a otros, de los que consumen un bien a los que lo produjeron, no importa la distancia, ni la lengua de los agentes, ni la etnia a la que pertenezcan o la religión que profesen. Es el automatismo del circuito comercial el que se encarga de realizar tal distribución.

Dados estos postulados, a nadie podrá sorprender el crecimiento mundial del comercio, como una muestra evidente de las ventajas que la población de todos los continentes percibe de las relaciones comerciales. En apenas cincuenta y tres años, el valor de las exportaciones mundiales se ha multiplicado por algo más de cien, mientras que el de las importaciones lo ha hecho por noventa y cinco en el mismo período 2.

Tampoco podrá extrañar la continua ampliación histórica del marco geográfico en el que el comercio tiene lugar o, si se quiere, el espacio geográfico cuya dimensión relacional se basa, fundamentalmente, en el comercio, y a él se debe. Piénsese lo que supusieron las rutas fenicias por el Mediterráneo como instrumento de distribución de bienes, a la vez que de culturas. La investigación histórica ha desgrana do con rigor la aportación al conocimiento y a la cultura entre civilizaciones que supusieron las rutas de la seda, o la de las especias, o las atlánticas que se originan como consecuencia del descubrimiento del Nuevo Mundo.

No es el momento ni el lugar para extender más este tipo de con sideraciones; hay documentación suficiente sobre todo ello al alcance de cualquier lector interesado. El motivo de esta somera alusión es para adentrarnos en otro tipo de reflexión. Desde la óptica que estamos utilizando, confirmada por la evidencia de los hechos, cabe preguntarse si, la globalización de que estamos hablando hoy, no es una etapa más en ese proceso histórico de la humanidad para ampliar el marco espacial de la actividad comercial, consciente de las ventajas económicas, culturales y sociales, que de tal ampliación se derivan.

Naturalmente, se podrá argumentar, y con fundamento, que la ampliación del espacio comercial y la necesaria libertad de comercio para que de ello puedan esperarse los beneficios mencionados, no está ausente de peligros. Y, en efecto, siempre está presente, al menos en un plano teórico, la posibilidad de lo que se ha venido en llamar colonialismo económico. Una dependencia que se manifiesta en la capacidad de la economía más potente para moldear en la de menor fuerza los gustos y las preferencias y, con ellos abrir el cauce para la imposición de bienes y servicios por los profusos canales de distribución.

Poco se puede decir para sostener las ideas contrarias, pues la evidencia ha demostrado que la permeabilidad de los mercados a las modas, usos y deseos de emulación en general de la sociedad demandante, se presenta hoy como un dato incontrovertible. Lo único que sí conviene decir es que, cuando esto ocurre, y no puede la frecuencia del hecho ocultar el basamento de su estructura, es que no sólo la influencia exterior ha actuado sobre el país receptor a través del mercado, sino que los propios valores humanos y sociales se han visto alterados, dando libre cauce a un materialismo hedonista, con marginación casi absoluta de los valores espirituales que habrían servido como escudo de defensa frente a la avalancha denigrante, no sólo pro cedente del exterior sino presente también en el seno de la propia comunidad.

En cualquier caso no puede ocultarse este riesgo, que se cifraría inicialmente en una pérdida de la identidad nacional y de los hábitos de consumo que fueron propios de las generaciones precedentes. Pero, tampoco quisiéramos ocultar, situando el escenario en el comienzo del siglo XXI, de un peligro que quizá sea más irreversible a la vez que capaz de producir un daño mayor. Estamos pensando en el peligro de exclusión. Y, naturalmente, entendemos por exclusión, no tanto la discriminación intencionadamente negativa, como la decisión consciente o inconsciente de quedar al margen del proceso que hoy estamos viviendo de mundialización. Un proceso que probablemente supondrá sacrificios para algunos, y ahí es donde hay que ahondar para darles cobertura, pero que será dramático para quien ni siquiera se incorpore a él.

Tenemos que ser conscientes de que cuando lastramos o constreñimos los instrumentos que pueden ser fuentes de prosperidad, estamos limitando las posibilidades de vida de una comunidad y, no nos asombremos, no sólo de la vida lúdica, de satisfacción, de disfrute de bienes materiales, sino de la vida en la propia dimensión que da sentido a la persona humana.

Hace más de un siglo afirmó el Papa León XIII que, «... lo que más contribuye a la prosperidad de las naciones es la probidad de las costumbres, la recta y ordenada constitución de las familias, la observancia de la religión y de la justicia, las moderadas cargas públicas y su equitativa distribución, los progresos de la industria y del comer cio, la floreciente agricultura y otros factores de esta índole, si que dan, los cuales, cuanto con mayor afán son impulsados, tanto mejor y más felizmente permitirán vivir a los ciudadanos»3.

Los progresos de la industria y el comercio, dice el Papa social, que unidos a las demás fuentes de riqueza, permitirán vivir mejor y más felizmente a los ciudadanos. No están reñidos los progresos y mejoras en la dimensión económica, con la misión trascendente de la vida humana. Es más, cuando esa relación, que tiene a la persona en su punto de encuentro, falla, es que ha fallado la estructura de valores espirituales de la comunidad. El peligro en sí, en esta relación, no está tanto en la posesión de bienes materiales, de condiciones económicas de la sociedad, sino en la subordinación del hombre, de la persona humana, a aquellos aspectos materiales con abandono de los que constituyen la razón de ser de su existencia.

El peligro lo encontraba el Papa, precisamente, en el intento de controlar aquellas relaciones comerciales mediante instrumentos de poder, de fuerza, de capacidad económica, para que se hiciera posible el dominio de unos sobre otros. En sus palabras se afirmaba con nitidez que, «... también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios»4. La teoría económica del comercio internacional o, simplemente, la teoría económica de los mercados, no podría ser más acorde con la doctrina pontificia: cualquier estructura económica, también los mercados interiores o internacionales, sometidos al poder de unos pocos, se convierten en estructuras cautivas de ese poder, en consecuencia, dejan de ser ámbitos de libertad y, por tanto pierden también las ventajas de eficiencia económica y de abaratamiento de costes en provecho de los consumidores, que estaban fundamentados, precisamente, en aquellas relaciones desarrolladas libremente.

Si esto que decimos lo consideramos cierto y evidente para cualquier mercado y en cualquier momento, si el principio es tan válido para las rutas fenicias como para los textiles de Manchester, los vinos españoles, franceses o portugueses y, por qué no, para los productos electrónicos del lejano oriente, no es menos cierto que, dada la dimensión adquirida de la producción y el comercio a finales del siglo pasado y principios de éste, y la tendencia irreversible a la concentración de aquellas actividades, se vislumbran posibles ataques a la libertad económica y comercial, que podrían operar fuera del espacio de las fronteras nacionales, en un intento de controlar los flujos eco nómicos de cualquier género.

Así lo denunciaba, ochenta años después de la encíclica leoniana, el recordado Papa Pablo VI, al afirmar que, «Bajo el impulso de los nuevos sistemas de producción están abriéndose las fronteras nacionales, y se ven aparecer nuevas potencias económicas, las empresas multinacionales, que por la concentración y la flexibilidad de sus medios pueden llevar a cabo estrategias autónomas, en gran parte in dependientes de los poderes políticos nacionales y, por consiguiente, sin control desde el punto de vista del bien común. Al extender sus actividades, estos organismos privados pueden conducir a una nueva forma abusiva de dictadura económica en el campo social, cultural e incluso político»5.

Así es, sin duda, aunque no puede olvidarse que existe un freno natural a todos estos abusos que, en principio, no parece venir del sector público pues, la intervención de éste ha venido provocando más distorsiones que aquellas que trataba de evitar [buenas muestras de ello son un conjunto numeroso de países en vías de desarrollo, cuya situación de depresión se debe a la errónea, y en algunos casos maliciosa, intervención de los Estados en el intento de regulación de la economía].

La verdadera resistencia se encuentra en la cultura de la población y en el afianzamiento de los valores inherentes a la persona humana.

Esta es la fuerza más eficaz contra cualquier intento de poder desmedido por parte de los agentes económicos. Afortunadamente, en el momento presente, el abanico de bienes posibles con que satisfacer las necesidades de una comunidad es extraordinariamente amplio, por lo que cualquier mercancía producida por la más poderosa de las entidades, tiene a su alrededor un conjunto de bienes capaces de dar igual satis facción al consumidor y que sólo de éste depende consumir uno u otro.

De todos modos, y aún reconociendo los riesgos que hemos anunciado, no podemos caer en la tentación, muy vociferada en los momentos actuales, según la cual habría que rechazar de plano cualquier transacción o acercamiento al modelo de globalización que se inicia. Se optaría, por quienes así se manifiestan, por la vuelta a una economía restringida, de círculo reducido, y no por ello exenta de los riesgos de opresión de los más poderosos frente a los menos pues, no olvidemos que, en cualquier comunidad, siempre habrá diferenciación, al menos en el intento inicial, entre unos que detentan el poder, cualquiera que éste sea, y aquellos que, con aceptación o sin ella, se encuentran so metidos a aquel.

De aquí la certera visión de Juan Pablo II, en la advertencia de que, «En años recientes se ha afirmado que el desarrollo de los países más pobres dependía del aislamiento del mercado mundial, así como de su confianza exclusiva en las propias fuerzas. La historia reciente ha puesto de manifiesto que los países que se han marginado han experimentado un estancamiento y un retroceso; en cambio, han experimentado un desarrollo los países que han logrado introducirse en la interrelación general de las actividades económicas a nivel internacional. Parece, pues, que el mayor problema está en conseguir un acceso equitativo al mercado internacional, fundado no sobre el principio unilateral de la explotación de los recursos naturales, sino sobre la valoración de los recursos humanos»6

En efecto, el aislamiento no es la solución. Ésta se encaminaría por la senda de la mundialización, garantizando la libertad en las relaciones, para que de ella derivaran las ventajas esperadas de un comercio libre, y empeñándose en el único imperio de frutos cuantiosos: la fraternidad solidaria. Inicialmente, no nos atreveríamos a determinar cuál de las dos presenta mayor dificultad, lo cual no autoriza al desánimo ni a la renuncia.

Se deduce, de todas las advertencia que venimos haciendo que, aquel escenario de libertad en el comercio mundial que habíamos per filado como modelo básico de partida, no podemos decir que constituya la regla generalizada de las prácticas comerciales. En efecto, los cantos a la pregonada libertad económica, en todas sus vertientes, no pasa de ser una utopía. Es la carencia de libertad, lo que caracteriza con mayor justeza el fenómeno comercial.

Y no nos referimos al espacio, a la distancia, que separa a un consumidor determinado de aquel que produjo el bien al que dirige su demanda. Ésta, es un instrumento natural de protección pues, el pro ductor alejado tiene que hacer frente a un coste adicional que no existe en el productor próximo: el coste de transporte del bien, desde el punto de origen al de destino. Esa distancia es algo que está ahí, natural mente, sin que nadie haya hecho nada por discriminar a uno frente al otro.

Cuando hablamos de un comercio que carece de libertad, estamos hablando de una estructura que, artificialmente, por voluntad de los hombres, discrimina y protege unas mercancías frente a otras. Es, sencillamente, un proteccionismo que brota del egoísmo; que tiene su fundamento en la presunción de que el interés propio y privativo antecede y es prevalente a cualquier otro. En otras palabras que el yo es antes y superior que el vosotros; incluso, es preferente al nosotros.

Inicialmente, el proteccionismo se basa en no pocos errores teóricos. Así, suponer que el enriquecimiento de un país traería, necesaria mente, el empobrecimiento de los demás países de su entorno; error que se mantendría hasta que David Hume [17111776] rompe con el proteccionismo nacionalista al afirmar que cuando una nación florece económicamente, no sólo lo hace en provecho de sí misma, sino que beneficia también al resto de las naciones. La propia tradición mercantilista, que se difunde por toda Europa entre mediados del siglo XVI y hasta bien entrado el siglo XVIII, tendrá un concepto restrictivo de la riqueza, limitada a la posesión de metales preciosos, por lo que, toda actividad que tuviera como efecto la pérdida de tales metales se consideraba perjudicial para la economía de la nación. De aquí que, para el Mercantilismo, había que favorecer las exportaciones que suponían la entrada de nueva riqueza metálica y, por el contrario, había que protegerse contra las importaciones, ya que su pago implicaba la perdida de la riqueza acumulada; ahí se encuentra el origen del arancel, como impuesto al que se someten las mercancías a la entrada de la nación, y que encarece artificialmente su precio en el mercado local, rompiendo así la necesidad competitiva de la economía nacional.

Solventado científicamente el error, el arancel proteccionista se mantuvo en un intento de proteger la actividad económica nacional contra la producción más eficiente de los países del exterior. En oca siones, éste arancel se vería acompañado por otra forma de protección, basada en la restricción cuantitativa a determinadas mercancías: las cuotas o contingentes. El efecto final, acababa siendo el mismo ya que, ante la restricción de la oferta de productos extranjeros, el precio de éstos crecía en el mercado nacional, ofreciendo una vida más fácil a las actividades desarrolladas en el interior. Naturalmente, los efectos se potenciaban cuando se utilizaban las dos medidas conjuntamente.

No perdamos tampoco de vista que, lo que se suele llamar interés de la economía nacional, no pasa de ser protección de determinadas clases influyentes, de empresas y de intereses privativos de gobiernos que, mediante la protección aseguran el beneplácito de los más pode rosos, infringiendo un daño a la población que tendrá que pagar precios más altos por los productos que consume, que aquellos que habría pagado en un mercado libre. Junto a este perjuicio, el que supone, para la economía de un país, el hecho de permanecer aislado y falto de información de cuál es la relación real de intercambio, en el con texto del mercado internacional, determinada ésta por la relación de eficiencias productivas en el uso de los recursos productivos.

A esto nos referíamos cuando hablábamos del proteccionismo como signo del egoísmo. Buenas muestras de ello las tenemos en los efectos que experimenta una economía protegida, cuando se liberaliza. En las tablas I y II del anexo, se puede ver la evolución de la participación en el volumen del comercio mundial de aquellos países que forman el grupo GATT/OMC o, simplemente, países como China, Japón y, con mayor intensidad aún, los países emergentes del continente asiático que, en algo más de veinticinco años, han visto multiplicar por tres su peso en el comercio mundial de mercancías.

Pero si de egoísmo hemos calificado la actitud proteccionista de los Estados, presentando su política como un intento de defender su economía débil de los ataques competitivos de las economías poderosas —con todas las reservas que hemos puesto a la razón real de la protección—, mayor condena merece, desde una visión ética del comportamiento humano, las nuevas medidas proteccionistas que se han desarrollado bajo el epígrafe de nuevo proteccionismo.

Naturalmente, el proteccionismo arancelario fue cediendo ante las evidencias internacionales y ante un hecho cierto, consistente en que, las actitudes proteccionistas despiertan reacciones también de protección. Por ello el GATT primero y la OMC después han estado insistiendo en la necesidad del desarme arancelario, lo cual se ha ido produciendo paulatinamente, quizá no con la generosidad que hubiera sido deseable.

Pero a la vez que esta atenuación en la protección se producía, se detectaba con claridad la aparición de nuevos instrumentos proteccionistas, de carácter diferente al proteccionismo tradicional, puesto que no se basaba en los aranceles, y que dejaba vislumbrar nuevos tintes y nuevas modalidades.

Las nuevas medidas proteccionistas se basaban, fundamentalmente, en restricciones cuantitativas discriminatorias a la importación, basada ésta discriminación en atención al país de origen de la mercan cía. Se trata de identificar los productos y los países que, dado el bajo coste de producción de los mismos, puede dañar, se dice, a la economía nacional. A su vez, se buscan excusas para ayudar a aquellas actividades o industrias en el interior del país que, por determinadas circunstancias, no serían capaces de afrontar una competencia abierta en el mercado mundial.

Dos bloques de medidas, pues, de distinto tenor: de un lado, protección mediante restricciones cuantitativas a aquellos bienes que pro ceden de países con niveles salariales muy bajos —países de mano de obra indigente— y, de otro, ayudas a través del presupuesto público, bien en forma de subvenciones directas o bien en forma de exenciones tributarias —vacaciones fiscales—, para ayudar a las empresas nacionales con argumentos y categorías como —industrias incipientes, industrias problemáticas, sectores estratégicos, participación en las estructuras oligopolistas en el mercado mundial, etc.—.

Como se podrá colegir de la descripción que hemos apuntado, son todas ellas, y el propio proteccionismo de nuevo corte lo es, medidas que aplican los países ricos, las llamadas economías poderosas, para protegerse de los países pobres con economías débiles.

Frente a todo ello, cada día son más potentes las voces que claman por un comercio libre y competitivo cuando, a la luz de los hechos, es obligada la apelación de si, con políticas ingenuas y primarias como las arancelarias o con políticas altamente sofistica das y nada transparentes, no estamos todavía hoy viviendo aquellas tesis que constituyeron el corazón doctrinal de la Escuela Mercantilista.

2. LOS FLUJOS FINANCIEROS EN LA ECONOMÍA MUNDIAL

Junto a la circulación, más o menos libre, de mercancías, bienes y servicios, es de considerar también la que se produce en los medios de financiación. Y, permítasenos adelantar ya un principio aunque, en los inicios del tercer milenio y su reverencia por la economía financiera, pueda parecer un tanto provocador. Éste podría concretarse en que la economía financiera, con todo su complejo artesonado, así como los recursos de esta índole, están al servicio de la economía real. No pueden tener otro fin pues, los medios de pago, por sí mismos, carecen de utilidad; su función es, precisamente, esa, servir de medio de pago y, como tal, de liberador de obligaciones, en las transacciones que se efectúan en la economía real —la de los bienes y servicios—.

Afirmaba Pío XI que «... el empleo de grandes capitales para dar más amplias facilidades al trabajo asalariado, siempre que este trabajo se destine a la producción de bienes verdaderamente útiles, debe considerarse como la obra más digna de la virtud de la liberalidad y sumamente apropiada a las necesidades de los tiempos»7.

Esos grandes capitales de que habla el Papa que, cualquiera que sea su tamaño, también son escasos, tienen como fuente de la que proceden, tanto a escala nacional como en la esfera mundial, el ahorro de la colectividad; es decir, el sacrificio del consumo presente, el cual, por aquella renuncia se constituye en el único medio de financiación de la inversión de la economía global. De aquí la necesidad y responsabilidad del uso eficiente de tales recursos limitados.

Un hecho conviene poner de relieve, tanto en el ámbito nacional como en el internacional: la falta de coincidencia entre ahorradores e inversores. Es decir, entre aquellos que sacrificaron el consumo a que podían aspirar por su volumen de renta y que son los ahorradores, y aquellos otros que, para el desarrollo de su actividad económica y, específicamente, para la financiación de los bienes duraderos implicados en la misma, precisan de los recursos ahorrados por los anteriores.

Esa falta de coincidencia es la que da lugar y justifica la presencia en el escenario económico de los intermediarios financieros: bancos y entidades de intermediación. Su papel es simple, a la vez que de importancia nada desdeñable. Su misión se concreta en captar aquel ahorro que surge de los que tenían exceso de renta para sus necesidades presentes y canalizarlo hacia los inversores que carecen de recursos financieros suficiente para desarrollar sus planes, representados en adquisiciones de bienes duraderos y equipo de capital.

Dicho esto, cabría formular una pregunta inicial, en paralelo con la que hicimos al hablar de mercancías, bienes y servicios, acerca de en qué medida el mercado financiero es un mercado libre y su comportamiento se desarrolla de modo neutral. Si así fuera, el cauce de orientación de ese flujo financiero hacia la economía real que le aguar da, estaría presidido por la atención de aquellas actividades económicas eficientes y competitivas.

En el mundo real, vislumbramos escenarios que pondrían en duda aquella atribución de recursos basada en la eficiencia, en la productividad. Hechos tan frecuentes como el de las inversiones subsidiadas —tratando de atraer actividad exterior—, o los que presiden la política inversora entre la entidad principal y las afiliadas, o aquellas que se realizan en países en desarrollo para tratar de evitar el arancel a la entrada de productos o, parejas con ésta, las que se realizan para sustituir importaciones en un país en vías de desarrollo, exigiendo, eso sí, la posterior protección hasta el total desenvolvimiento y amortización de las instalaciones, son sólo algunos rasgos que nos permiten adivinar que el mercado no se comporta con la libertad capaz de asegurar eficiencia.

Junto a ello, otro tipo de argumentos, que acarrean discriminación a la hora de elegir la localización inversora, como las oportunidades productivas, los sistemas políticos y económicos de los países receptores, el orden jurídico y, más en concreto, el derecho de propiedad, la estabilidad social, etc., son variables que vienen, en unos casos justificadamente y en otros no, a enturbiar aquel clima de libertad que hacía concebir el mercado como un instrumento eficaz de asignación.

3. UN ACERCAMIENTO A LOS EFECTOS

Quizá a estas alturas convenga hacer una precisión. Aunque los mercados, tanto el de mercancías, bienes y servicios, como el de los recursos financieros, hubieran actuado en un marco de plena libertad, sin preferencias distintas a las que aconsejan la mejor asignación de los recursos, es decir, sin discriminación, podemos pensar que habríamos asegurado, en el mejor de los casos, que todo se desenvolvía con la mayor eficacia posible pero, desde luego, no habríamos asegurado que el producto obtenido, la renta generada, se hubieran distribuido de modo más igualitario.

Tanto la libertad como la competitividad, se asientan sobre un amplio campo de desigualdades, por lo que, salvo una gran fortuna en la acción resdistributiva, no puede esperarse un resultado igualitario. De aquí que el hecho que resalta por su evidencia en los momentos presentes y, por qué no, a lo largo de la historia no ya tan reciente, es el de la desigualdad. Decía Pablo VI: «... Siguen existiendo diferencias flagrantes en el desarrollo económico, cultural y político de las naciones: al lado de regiones altamente industrializadas, hay otras que están todavía en estado agrario; al lado de países que conocen el bien estar, otros luchan contra el hambre; al lado de pueblos de alto nivel cultural, otros siguen esforzándose por eliminar el analfabetismo. Por todas partes se aspira a una justicia mayor, se desea una paz mejor asegurada en un ambiente de respeto mutuo entre los hombres y entre los pueblos»8.

Dejar hacer, el viejo lema de la Fisiocracia francesa, no es, o al menos no ha sido por sí mismo, la solución. Suponer con candidez que la libertad no se condiciona, para dejar de ser libertad, no se manipula para ponerse al servicio de pocos, infringiendo su sentido más pro pio, es una ingenuidad en la que no se puede caer de forma responsable. «... Dejada —la economía— a sí misma, su mecanismo conduce al mundo hacia una agravación, y no una atenuación, en la disparidad de los niveles de vida: los pueblos ricos gozan de un rápido crecimiento, mientras que los pobres se desarrollan lentamente. El desequilibrio crece: unos producen con exceso géneros alimenticios que faltan cruel mente a otros, y estos últimos ven que sus exportaciones se hacen inciertas» 9.

La existencia de aquellas desigualdades lacerantes que, por sí mis mas, pondrían en cuestión los principios de la economía clásica y neoclásica, y a las que tampoco ha sido capaz de dar respuesta la economía keynesiana ni lo fue la marxista, nos lleva a no admitir aquella ingenuidad de principios, que es tanto como afirmar que no basta con definir un modelo económico en libertad y poner de relieve sus esperanzas para mejorar las condiciones de vida de la población, sino que se requiere el esfuerzo y la generosidad de vigilar y garantizar que las fuerzas de los intereses privativos no aprisionarán la libertad con per juicio de los que menos pueden.

Así con Juan Pablo II, «... es necesario denunciar la existencia de unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aun que manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros. Estos mecanismos, maniobrados por los países más desarrollados de modo directo o indirecto, favorecen, a causa de su mismo funcionamiento, los intereses de los que los maniobran, aunque terminan por sofocar o condicionar las economías de los países menos desarrollados. Es necesario someter en el futuro es tos mecanismos a un análisis atento bajo el aspecto ético moral»10.

Es más, desde esa apelación moral que hace el Papa, y por la evidencia de la desigualdad que se presenta ante todos de forma nítida, surge una consideración que, a nuestro entender, no es banal. Partiendo de un modelo de economía libre que, a decir de buena parte de la teoría económica, se presenta como el más eficiente, y aún suponiendo que la libertad esté garantizada, la desigualdad entre las personas y los pueblos, agentes de la actividad económica, nos lleva a la re flexión de si será justo tratar igual a los que nos consta que son tan desiguales.

«En el comercio entre economías desarrolladas y subdesarrolladas, las situaciones son demasiado dispares, y las libertades reales demasiado desiguales. La justicia social exige que el comercio internacional, para ser humano y moral, restablezca entre las partes al menos una cierta igualdad de oportunidades. Esta última es un objetivo a largo plazo. Mas para llegar a él es preciso crear desde ahora una igualdad real en las discusiones y negociaciones»11.

Y afirmaba poco después, poniendo de relieve una de las malformaciones de la llamada libertad que, «... el consentimiento de las partes, si están en situaciones demasiado desiguales, no basta para garantizar la justicia del contrato, y la regla del libre consentimiento queda subordinada a las exigencias del derecho natural. Lo que era verdadero acerca del justo salario individual, lo es también respecto a los contratos internacionales: una economía de intercambio no puede seguir descansando sobre la sola ley de la libre concurrencia, que engendra también demasiado a menudo una dictadura económica. El libre intercambio solo es equitativo si está sometido a las exigencias de la justicia social»12.

De hecho lo que demuestra la evidencia es la gran disparidad entre riqueza y pobreza en el mundo de hoy, tan así que, con frecuencia, se afirma que la brecha que separa a pobres y ricos es cada vez mayor, lo que no equivale a decir, como suele decirse, que los pobres sean cada vez más pobres, aunque sí que los ricos son cada vez más ricos.

En cualquier caso, lo que en modo alguno puede ser satisfactorio para nadie que mire a su interior, son los datos comparativos que se muestran en la tabla III, en donde se puede comprobar que frente a un PNB por habitante de 36.970 dólares, que en el año 2001 correspondía al suizo medio, el burundés o el etíope, en ese mismo año, apenas alcanzaba los cien dólares año, es decir, por lo que a estos hermanos se refiere, que su vida se desenvuelve con una renta de algo menos de treinta centavos de dólar al día. Ante estas cifras cabrían determinadas consideraciones si bien, su elocuencia, apenas deja espacio para la disquisición. Aunque es difícil imaginar cómo se con templan cien dólares al año, desde la posesión de una renta de casi treinta y cuatro mil.

Siendo las cifras que acabamos de dar importantes por sí mismas, no deben de observarse aisladas de lo que suponen las condiciones de vida de aquellos que parecen privados de todo menos de su dignidad, que nadie les puede arrebatar.

Frente a un mundo culto, repleto de descubrimientos, de avances científicos, de medios para acceder a la información inconcebibles en cualquier época anterior, el ochenta y cuatro por ciento de la población adulta del Níger es analfabeta, siendo Burkina Faso el que le sigue con un setenta y seis por ciento, y Senegal o Benin con un sesenta y tres por ciento13.

Aunque quizá convenga entrar algo más profundo en el corazón humano, por si las cifras dadas no son suficientemente apelantes. Resulta difícil o al menos poco convincente explicar las causas del por qué los avances de la medicina durante la gestación y en el primer año de vida, parece estar al servicio de las economías acomodadas en un intento interpretativo de como si la vida de los pueblos pobres fuera de inferior rango que la de los ricos. No está lejos del escándalo el hecho de que, mientras en Suecia o en Japón, de cada mil niños nacidos vivos, tres de ellos no llegarán a cumplir un año, habrían sido ciento veintiocho los que no lo habrían conseguido si, aquellos mil, hubieran nacido en Mozambique [ver tabla V del anexo]. Es evidente que el Dios de la Creación no pretendía que las cosas fueran así.

También son generalmente difíciles las cosas en el seno de las comunidades que, con ese eufemismo liberador, llamamos en desarrollo. Además de por la carencia generalizada de la que ya somos conscientes, por lo que llevamos dicho, el propio sentido de comunidad con capacidad para la ayuda y mutua entrega, resulta compleja. Un elemento de distorsión en ello es la extraordinaria diseminación de la población, esparcida como el hambre por el medio rural. Frente a países como Bélgica, con una población urbana del noventa y siete por ciento de la población total, en Rwanda, sólo el seis por ciento de la población vive en el medio urbano, lo cual imposibilita el adecuado abastecimiento de los servicios más esenciales o simplemente les priva a quienes así viven del privilegio de la proximidad y de la asistencia 14.

La generosidad, por el contrario está a favor de los que nada tienen. De hecho, lo único que tienen lo comparten y lo fructifican lejos de los egoísmos paralizantes. La mujer media en el Níger dará a luz a lo largo de su vida a 8.1 vidas humanas mientras que, la mujer media española, no pasará de los 1.1 niños como resultado de su vida de fertilidad. Una elocuente lección de quien nada tiene para quienes todo les sobra [más información en la tabla VII del anexo].

Será el hambre, la enfermedad, la miseria, el abandono de quienes mucho tienen, los que se encargarán de frustrar el fértil resultado de la mujer que vive en países pobres. Ya hemos visto que muchos de los niños nacidos no llegarán a cumplir el primer año y los que lo con sigan se encontrarán con una vida de dificultades de todo tipo que acortará la oportunidad para el sufrimiento. Así, mientras un japonés, cuando nace, espera vivir ochenta y un años, y un sueco o un suizo esperan ser protagonistas de la historia durante ochenta, si éstos hubieran nacido en Zambia, se sentirían satisfechos si llegaban a cumplir los treinta y ocho. Es difícil admitir sin perplejidad que, el sólo hecho del nacimiento, determine que una persona nacida en un lugar vaya a vivir el doble que la nacida en otro. Y que la razón para ello es la incapacidad de los que más hemos recibido para hacer partícipes de lo que decimos nuestro, pero que realmente no nos pertenece, a aquellos otros, personas como nosotros, que se han visto privadas de todo.

En solitario, la vida les será muy difícil y, en cualquier caso, la salida se contempla muy lenta. La espiral de la pobreza les lleva a estar muy lejos del umbral de subsistencia, cuando sus posibilidades eco nómicas y sus relaciones comerciales con el exterior les muestran un deterioro que se hace patente en su Balanza de Pagos. Frente al superávit por cuenta corriente de un 15.4 de su Producto Interior Bruto en Noruega, países como Lesotho tienen que hacer frente a un déficit en cuantía superior al cuarenta y ocho por ciento del producto generado en el interior del país15.

Países además que, hay que reconocerlo, tienen que afrontar dificultades de todo tipo; unas impuestas por la naturaleza y otras por las luchas fratricidas entre ellos. Pero no seríamos justos si nos limitásemos a contemplar el escenario como si de una representación se tratase. En primer lugar, no puede sernos indiferente el sufrimiento y la muerte de un hijo de Dios. Pero en segundo lugar, junto a los desastres naturales y de guerras, los países ricos añadimos, con frecuencia, sufrimientos evitables.

Son países que, de ordinario, o bien se encuentran con restricciones a la entrada de sus productos en los países ricos, como consecuencia de prácticas proteccionistas —tal es el caso de los productos agrarios, textiles, confección, electrónica, etc.—, o bien la restricción la tienen en la oferta del propio país productor, al tener poca variedad de mercancías o bienes que ofrecer —es el caso de los productores de café, cacao, azúcar, petróleo, etc.— y que, en consecuencia, son muy frágiles a las decisiones que la industria y la tecnología pueda tomar respecto de las materias primas que emplea.

Después de muchos años, tenemos que reconocer el fariseísmo de las pregonadas medidas liberalizadoras que aliviarían, eliminando las restricciones, al primer grupo de países, cuando al tiempo, se desvanecen las esperanzas de los países del segundo grupo, en manos de oligopolios tecnológicos y productivos para quienes aquellas carencias apenas cuentan.

4.       UNA REFLEXIÓN

Ante estas realidades resulta difícil permanecer pasivo. Y, aún desde la impotencia, conviene recordar algunos principios que agitarán, al menos, nuestras conciencias y nuestros corazones.

A fuerza de estar a diario reverenciando al nuevo ídolo del momento actual, el bienestar determinado por la posesión y disfrute de bienes materiales, hemos podido olvidar que toda estructura está al ser vicio de la dignidad del hombre, que es quien le da sentido. Así, diría el buen Papa Juan XXIII que, «... si el funcionamiento y las estructuras económicas de un sistema productivo ponen en peligro la dignidad humana del trabajador, o debilitan su sentido de responsabilidad, o le impiden la libre expresión de su iniciativa propia, hay que afirmar que este orden económico es injusto, aun en el caso de que, por hipótesis la riqueza producida en él alcance un alto nivel y se distribuya según criterios de justicia y equidad» 16.

Porque, no olvidemos que «... la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana. Si es absolutizada, si la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro, la causa hay que buscarla no sólo y no tanto en el sistema económico mismo cuanto en el hecho de que todo el sistema sociocultural, al ignorar la dimensión ética y religiosa, se ha debilitado, limitándose únicamente a la producción de bienes y servicios» 17.

La situación de la que venimos hablando a lo largo de estas páginas, exige algo más que una actitud contemplativa o de simple y falsa conmiseración. La energía de Pablo VI era mucho más exigente. «Entiéndasenos bien: la situación presente tiene que afrontarse valerosamente, y combatirse y vencerse las injusticias que trae consigo. El  desarrollo exige transformaciones audaces, profundamente innovadoras. Hay que emprender, sin esperar más, reformas urgentes» 18. Reformas que deban de abarcar todos los aspectos de la actividad humana y, por tanto también, de la actividad económica, como parte de aquella. Re formas en el mercado de mercancías, bienes y servicios, y reformas en los mercados financieros de modo que, las decisiones que hayan de tomarse en unos y otros, lo sean en presencia de quienes más necesitan.

La doctrina pontificia es esclarecedora en la materia. «La sola iniciativa individual y el simple juego de la competencia no serían suficientes para asegurar el éxito del desarrollo. No hay que arriesgarse a aumentar todavía más la riqueza de los ricos y la potencia de los fuertes, confirmando así la miseria de los pobres y añadiéndola a la servidumbre de los oprimidos... Toca a los poderes públicos escoger y ver el modo de imponer los objetivos que hay que proponerse, las metas que hay que fijar, los medios para llegar a ellas, estimulando al mismo tiempo todas las fuerzas agrupadas en esta acción común. Pero han de tener cuidado de asociar a esta empresa las iniciativas privadas y los cuerpos intermedios»19.

Es una apelación moral que, «... la regla del libre cambio no puede seguir rigiendo ella sola las relaciones internacionales. Sus ventajas son sin duda evidentes cuando las partes no se encuentran en condiciones demasiado desiguales de potencia económica: es un estímulo del progreso y recompensa el esfuerzo. Por eso los países industrial mente desarrollados ven en ella una ley de justicia. Pero ya no es lo mismo cuando las condiciones son demasiado desiguales de país a país: los precios que se forman ‘libremente’ en el mercado pueden llevar consigo resultados no equitativos»20.

Veinte siglos de cristianismo nos llaman a una responsabilidad común y, sobre todo, en un momento histórico que ofrece fórmulas nuevas que pueden determinar oportunidades nuevas. El reto de la mundialización nos invita a cooperar con modelos de desarrollo compatibles con las posibilidades productivas, donde quiera que estén. Pero sobre todo nos invita a afrontar con generosidad el incremento del capital humano mediante la aportación de todas las fórmulas imaginativas que permitan sentar a la mesa a quienes hoy sufren la marginación.

Tratemos de que las experiencias favorables que en el mundo desarrollados hemos obtenido de los procesos de cooperación y de integración, sean vistos como tales por quienes viven aislados y ajenos a tales provechos. La obra es ingente y «... no se podrá realizar sin la colaboración de todos, especialmente de la comunidad internacional, en el marco de una solidaridad que abarque a todos, empezando por los más marginados. Pero las mismas naciones en vías de desarrollo tienen el deber de practicar la solidaridad entre sí y con los países más marginados del mundo.

Es de desear... que naciones de una misma área geográfica establezcan formas de cooperación que las hagan menos dependientes de productores más poderosos; que abran sus fronteras a los productos de esa zona; que examinen la eventual complementariedad de sus productos; que se asocien para la dotación de servicios que cada una por separado no sería capaz de proveer; que extiendan esa cooperación al sector monetario y financiero.

La interdependencia es ya una realidad en muchos de estos países. Reconocerla, de manera que sea más activa, representa una alter nativa a la excesiva dependencia de países más ricos y poderosos, en el orden mismo del desarrollo deseado, sin oponerse a nadie, sino descubriendo y valorizando al máximo las propias responsabilidades. Los países en vías de desarrollo de una misma área geográfica, sobre todo los comprometidos en la zona ‘sur’, pueden y deben constituir... nuevas organizaciones regionales inspiradas en criterios de igualdad, libertad y participación en el concierto de las naciones»21.

De lo contrario, constataremos con vergüenza que el desfase cultural y tecnológico ahonda cada días el abismo de desigualdad; que las actividades inversoras de unos en otros se limitan, en no pocas ocasiones, a la simple explotación de unos recursos naturales; que cuando aquellos pueblos desfavorecidos precisan educación, tecnología, conocimiento de nuevos horizontes, acompañamiento, alguien que escuche su voz, los países ricos concluyen, por lo general, en la con cesión de un crédito, aún a sabiendas de las dificultades que les su pondrá su devolución.

La derivada necesaria de aquellas actitudes se acaba materializan do en el endeudamiento, que día a día sofoca las posibilidades de desenvolvimiento de una comunidad. Países como la República Democrática del Congo tienen hipotecado el Producto Nacional Bruto de dos años, si tuvieran que hacer frente al pago inmediato de la deuda externa. Y como este país africano, tantos otros en Asia y América Latina 22.

Y, ante todo esto, se sugiere competencia, trato igual para todos y, en definitiva, globalización sin distinciones en las premisas de partida.

5. UNA LLAMADA FINAL COMO CRISTIANOS

El problema exige la posición de los cristianos. El mensaje cristiano, y desde la Doctrina Social de la Iglesia, nos interpela. Son, de hecho, los necesitados los que nos interpelan. Las palabras de Pablo VI resuenan, si cabe, con más fuerza. «Hoy el hecho más importante del que todos deben tomar conciencia es el de que la cuestión social ha tomado una dimensión mundial... Los pueblos hambrientos inter pelan hoy, con acento dramático, a los pueblos opulentos. La Iglesia sufre ante esta crisis de angustia, y llama a todos para que respondan con amor al llamamiento de sus hermanos»23.

Estamos construyendo un mundo de globalización que sólo será posible si, al mismo tiempo, desarrollamos el concepto de interdependencia, de mutualidad. Un mundo en el que la necesidad ajena nos sea propia, un mundo en el que el otro se convierta en un yo, por abandono del yo privativo y excluyente.

Partimos de situaciones enormemente asimétricas entre los que tienen más y los que carecen de casi todo; entre los favorecidos y los marginados. La reciprocidad no puede establecerse como regla de conducta, como si se tratase de relaciones entre iguales. Las organizaciones internacionales, particularmente el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio, entre otras, tienen una gran responsabilidad de cohesión y de esfuerzo en la solución de los problemas que aquejan a una parte tan amplia de la humanidad. Pero, la responsabilidad de las estructuras, no disminuye ni atenúa la de las personas, más aún si se trata de personas deseosas de seguir el mensaje de Cristo.

Puntualizaba Juan XXIII: «Aunque, en nuestro tiempo, tanto el Estado como las instituciones públicas han extendido y siguen extendiendo el campo de su intervención... hay siempre una amplia gama de situaciones angustiosas, de necesidades ocultas y al mismo tiempo graves, a las cuales no llegan las múltiples formas de la acción del Estado, y para cuyo remedio se halla ésta totalmente incapacitada; por lo cual siempre quedará abierto un vasto campo para el ejercicio de la misericordia y de la caridad cristiana por parte de los particulares. Por último, es evidente que para el fomento y estímulo de los valores del espíritu resulta más fecunda la iniciativa de los particulares o de los grupos privados que la acción de los poderes públicos»24.

La cuestión social, sigue presente hoy como lo estuvo a finales del siglo XIX. Las cosas nuevas de hoy son, si cabe, más complejas y más evidentes en un mundo con mejor información. La pobreza, tanto de los más próximos como la de cualquier miembro de la familia humana, no son frías estadísticas representables en cifras y en gráficos: son personas, criaturas a imagen del Creador, que sufren y mueren por sus carencias, en contraste con las abundancias y despilfarro de quienes no osamos mirar por si incomoda a la conciencia.

Si hoy hablamos de globalización, convenzámonos, ésta no será cierta si no construimos el modelo globalizador sobre la solidaridad; sobre la global solidaridad. «Abrigamos... la esperanza de que una necesidad más sentida de la colaboración y un sentido más agudo de la solidaridad, acabarán por prevalecer sobre las incomprensiones y los egoísmos... esperamos que los países cuyo desarrollo está menos avanzado sabrán aprovecharse de su vecindad para organizar entre ellos, sobre áreas territorialmente extensas, zonas de desarrollo conjunto: establecer programas comunes, coordinar las inversiones, repartir las posibilidades de producción, organizar los intercambios. Esperamos también que las organizaciones multilaterales e internacionales encontrarán, por medio de una reorganización necesaria, los caminos que permitirán a los pueblos todavía subdesarrollados salir de los atolladeros en los que parecen estar encerrados y descubrir por sí mismos, dentro de la fidelidad a su peculiar modo de ser, los medios para su progreso social y humano»25.

Se requiere un mundo de interdependencia, de mutualidad, como decíamos antes. Un mundo de actitudes personales, de empeño y compromiso en aquel que nos necesita; en otras palabras un mundo poseído por ese verdadero sentido de la solidaridad como virtud cristiana. «En el camino... hacia la superación de los obstáculos morales para el desarrollo, se puede señalar ya, como un valor positivo y moral, la conciencia creciente de la interdependencia entre los hombres y entre las naciones. El hecho de que los hombres y mujeres, en muchas partes del mundo, sientan como propias las injusticias y las violaciones de los derechos humanos, cometidas en países lejanos... es un signo más de que esta realidad es transformada en conciencia, que adquiere así una connotación moral.

... se trata de la interdependencia, percibida como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral. Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente res puesta, como actitud moral y social y como ‘virtud’, es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos»26.

Somos conscientes de que vivimos en un mundo donde los medios materiales son muy importantes; pero no interpretemos mal la historia: también lo fueron, en cada momento pasado, los que en el lugar y en el instante eran capaces de resolver los problemas que la humanidad, o parte de ella, pretendía solventar.

Hoy, las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, con toda su potencialidad, ofrecen un cauce para, si se nos permite, una solidaridad, también en sus resultados materiales, más eficiente. Eso será así, siempre que todas esas posibilidades que ofrece el conocimiento, la tecnología y los recursos económicos, se pongan al servicio de la construcción de un mundo global para todos; un mundo donde se haga visible la fraternidad global, en donde prevalezca el amor del ser y al ser, postergando la actual reverencia al tener.

 

1. RICARDO, D., Principios de Economía Política y Tributación. Fondo de Cultura Económica. México 1959, reimpresión de 1973, p. 102.

2. Véase la evolución del valor de las exportaciones e importaciones de mercancías en el mundo, entre los años 1948 y 2001, que figura en las tablas I y II del anexo.

3. LEÓN XIII, «Carta Encíclica ‘Rerum Novarum’» (15.05.1891), núm. 23. 4. LEÓN XIII, «Carta Encíclica ‘Rerum Novarum’» (15.05.1891), núm. 1.

5. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Octogesima Adveniens’» (15.05.1971), núm. 44.

6. JUAN PABLO II, «Carta Encíclica ‘Centessimus Annus’». (01.05.1991), núm. 33.

7. PÍO XI, «Carta Encíclica ‘Quadragesimo Anno’» (15.05.1931), núm. 51.

8. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Octogesima Adveniens’» (14.05.1971), núm. 2. 9. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 8.

10. JUAN PABLO II, «Carta Encíclica ‘Sollicitudo Rei Socialis’» (30.12.1987), núm. 16.

11. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 61.

12. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 59. 13. Véase tabla IV del anexo.

14. Véase tabla VI del anexo.

15. Véase para mayor información, la tabla IX del anexo.

16. JUAN XXIII, «Carta Encíclica ‘Mater et Magistra’» (15.05.1961), núm. 83. 17. JUAN PABLO II, «Carta Encíclica ‘Centessimus Annus’» (01.05.1991), núm. 39.

18. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 32. 19. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 33. 20. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 58.

21. JUAN PABLO II, «Carta Encíclica ‘Sollicitudo Rei Socialis’» (30.12.1987), núm. 45.

22. Véase la tabla X en el anexo, para mayor información. 23. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 3.

24. JUAN XXIII, «Carta Encíclica ‘Mater et Magistra’» (15.05.1961), núm. 120. 25. PABLO VI, «Carta Encíclica ‘Populorum Progressio’» (26.03.1967), núm. 64.

26. JUAN PABLO II, «Carta Encíclica ‘Sollicitudo Rei Socialis’» (30.12.1987), núm. 38.

 

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