Ponencia de Dña. Inmaculada Florido Fernández. "Delegada Episcopal de Enseñanza de la Diócesis de Madrid. Directora de la oficina para las causas de los santos de la Conferencia Episcopal Española".

De pronto, Jesús les salió al encuentro –a las mujeres- y les dijo “Alegraos”. Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” 

Mt 28, 9-10

 

Esa invitación a ir a Galilea la recibimos todos. Para cada una, cada uno, Galilea tendrá unas connotaciones, unas coordenadas precisas. Ir a Galilea es una invitación a ponernos en camino, a mover nuestra casa. De ahí nace el título de este compartir:

Mientras iban de camino

 

 “Ánimo compañeros, que la vida puede más”

Son las palabras con las que Victoria Díez, una joven maestra de pueblo alentaba a sus compañeros mientras caminaban por la sierra cordobesa de Hornachuelos, en la madrugada del 12 de agosto de 1936, hasta la bocamina donde fueron fusilados. Ánimo. Veo el cielo abierto. Nos espera el premio.

Digo que comparto con ustedes mi mirada a estos hermanos mayores. Desde ella parto de una triple certeza:

  • los mártires, los de todos los tiempos, también los de nuestra historia reciente, han sido y son testigos cualificados del amor de Dios;
  • soñaron cosas grandes, apostaron por ideales grandes y los vivieron con alegría.
  • ellos, igual que los cristianos de la primitiva Iglesia, nos enseñan el camino del seguimiento de Jesús, son auténticos maestros. Podemos, debemos, acudir a su escuela.

Intento contestar a dos preguntas:

  • Quiénes son los mártires
  • Y por qué acudir a la escuela de los mártires.

Para, mirándolos a ellos, aprender de ellos.

¿Quiénes son los mártires?

Cuando en noviembre de 1998 el papa Juan Pablo II convocaba el Gran Jubileo del Año 2000, definía a los mártires de forma sencilla pero expresiva: “son los que han anunciado el Evangelio dando la vida por amor”[1].

Con frecuencia, en nuestro hablar cotidiano utilizamos la palabra “mártir” en un sentido amplio; con ella nos referimos a quien ha sufrido mucho, incluso ha muerto, por un ideal. Para nosotros, hablar de martirio es morir de forma violenta a causa de la fe. Pero más aún, la Iglesia distingue, son mártires quienes, habiendo superado el largo proceso de la Causa de Canonización, han sido declarados mediante Decreto que lo son. Para todos aquellos que han dado su vida a causa de sus creencias en una persecución religiosa, tengan o no iniciada su Causa de Canonización, la Iglesia prefiere reservar el título de testigos de la fe. No es mi intención entrar en los trabajos de una Causa.

En la Exhortación Apostólica Postsinodal Ecclesia in Europa sobre Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa, de junio del 2003, Juan Pablo II, entre los retos y signos de esperanza para el viejo continente, se detiene en los mártires y los testigos de la fe y afirma:

“… quiero proponer a todos, para que nunca se olvide, el gran signo de esperanza constituido por los numerosos testigos de la fe cristiana que ha habido en el último siglo, tanto en el Este como en el Oeste. Ellos han sabido vivir el Evangelio en situaciones de hostilidad y persecución, frecuentemente hasta el testimonio supremo de la sangre.

Estos testigos, especialmente los que han afrontado el martirio, son un signo elocuente y grandioso que se nos pide contemplar e imitar. Ellos muestran la vitalidad de la Iglesia; son para ella y la humanidad como una luz, porque han hecho resplandecer en las tinieblas la luz de Cristo”[2]

Se está refiriendo a mártires y testigos de la fe de diversas confesiones cristianas, y ve en ellos también un signo de esperanza para el camino ecuménico.

Y es que el siglo XX ha sido, es, el siglo de los mártires. Sobre esta afirmación existe numerosa y valiosa bibliografía y documentación que la avalan[3]. La persecución religiosa española, iniciada en 1934, no es sino un eslabón más de una cadena que podemos comenzar en China con la destrucción de las misiones católicas en los albores del siglo; en el genocidio armenio que costó la vida a miles de cristianos de diferentes confesiones por negarse a abrazar el Islam; también tenemos mártires en Filipinas… En los años 20 (22) comenzó la persecución religiosa contra la Iglesia ortodoxa en Rusia; la revolución anticlerical en Brasil y la persecución religiosa católica en México. En los años 40 tenemos una gran persecución en Oceanía, Corea del Norte, Indonesia, Tailandia; y están las persecuciones comunistas de la Unión Soviética –que abarcaba casi toda la Europa Oriental y parte de Asia- y que afectó por igual a católicos, luteranos, baptistas y evangélicos. Mediando el siglo, la persecución nazi, decidida a eliminar el cristianismo en pro del culto a la raza, afectó a centro Europa –Alemania, Austria y Polonia-; y el comunismo asiático afectó a China, Corea del Norte, Vietnam, Laos y Camboya. En las últimas décadas, hubo intolerancia y represión de los católicos por parte de los hindúes en la India. También en el continente africano, en torno a los años 90, aunque con menos virulencia, tenemos mártires en Argelia, Libia, Burundi, Camerún, Congo, Etiopía, Eritrea, Kenia, Nigeria, Ruanda, Sierra Leona, Angola, Mozambique… No han faltado en el final de siglo persecuciones en Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Panamá, Perú, Puerto Rico, Santo Domingo, Venezuela… Y en países islámicos como Egipto, Yemen, Argelia y Sudán.

También hay mártires del budismo, como en el Tibet o Indochina.

Entre los mártires hay obispos, patriarcas, sacerdotes, seminaristas, religiosas y religiosos y multitud de fieles laicos. Adultos y jóvenes. Hombres y mujeres que vivieron su fe consciente y responsablemente y dieron la vida por amor. Hombres y mujeres cuyas vidas plantean interrogantes irresistibles ¿por qué obraron así? ¿por qué vivieron y afrontaron la muerte de esa manera? ¿no podían haberla evitado? ¿qué los inspiraba? ¿qué los mantenía firmes? (cfr. EN 21). Hombres y mujeres que también nos cuestionan a cada una, a cada uno: ¿qué has hecho, qué haces, con el don de la fe? ¿qué dicen tus obras del Dios de Jesús? ¿eres testigo de esperanza, de vida nueva, de otro mundo posible para todos en tu entorno cotidiano?

Siglo XX, siglo de mártires, si, pero en toda la Historia de la Iglesia está presente la persecución y el martirio, desde sus mismos orígenes tenemos una Iglesia martirial. También estos días estamos siendo testigos -mudos tantas veces- de atentados y atropellos contra la libertad religiosa, de derramamiento de sangre por causa de la fe... Podemos decir que es connatural a la vida cristiana. ¡Claro!, Jesús en sus enseñanzas afirmaba:

“Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”. (Mt 5,11-12)

“Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, os odia. Recordad lo que os dije: ‘No es el siervo más que su amo’. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; […] Y todo esto lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió”.  (Jn 15,18-21)

Ser cristiano no es seguir unos mandamientos, es ser en Cristo, pensar como Él, actuar como Él, amar como Él; “es dejar que Él tome posesión de nuestra vida y la cambie, la transforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado”[4]

Con motivo de la Beatificación de los 498 mártires del s.XX en España, que tuvo lugar en Roma en octubre de 2007, La Civiltà católica publicó un artículo titulado “Il novecento, un secolo di martiri”, en el que afirmaba:

“Es éste el signo -refiriéndose a la persecución religiosa- más auténtico de la Iglesia de Jesucristo: una Iglesia formada por hombres –frágiles y pecadores por tanto-, pero que en momentos de prueba supieron dar testimonio de su incuestionable fe y de su incondicional amor a Jesucristo, anteponiéndolo a la propia vida. Cuando los mártires son personas pobres y humildes, que han pasado su vida haciendo el bien y que sufren y mueren perdonando a sus asesinos, se está frente a una realidad que supera el nivel humano y que obliga a preguntarse si detrás de la figura del mártir cristiano no estarán la fuerza y la gracia de Dios. Así, el martirio se convierte en un signo de la presencia y de la acción de Dios en la Historia humana.”[5]

El martirio pertenece a la esencia de la Iglesia, decía. Por el martirio el discípulo se hace semejante a su Maestro que aceptó libremente la muerte, y muerte en cruz, para la salvación del mundo, y se identifica con su Señor hasta el derramamiento de la sangre. “Por eso –afirma Lumen Gentium- la Iglesia considera siempre el martirio como el don por excelencia y como la prueba suprema del amor. Aunque se conceda a pocos, todos, deben estar dispuestos a confesar a Cristo ante los hombres y a seguirlo en el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia”[6]. La identificación con Cristo será norma segura de los testigos de la fe.

¿Quiénes son los mártires? preguntaba el papa Francisco en el videomensaje que dirigió a los asistentes a la Beatificación del Año de la Fe, celebrada en Tarragona en octubre de 2013, cuando fueron elevados a los altares 522 mártires de la persecución religiosa de los años 30 en España, y proseguía:

 “Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel «amar hasta el extremo» que llevó a Jesús a la Cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor es total y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la Cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado. Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos “primerea” en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final”[7].

Es verdad que en todo martirio hay una circunstancia histórica trágica, hay conflicto, hay persecución, y hay muerte violenta a causa de la fe, pero al mirar al mártir tenemos que trascender ese momento, y reconocer el sacramento de amor, de comunión, de gozo, de paz… Los mártires son signo de misterio y de profecía; son signos de redención unidos al único Redentor.

Una última apreciación terminológica. Las guerras tienen caídos en uno y en otro bando; las represiones políticas tienen víctimas, sean de uno u otro signo. Sólo la persecución religiosa tiene mártires, que pueden ser personas de una u otra ideología, de una u otra preferencia o pertenencia política, e incluso de distintas confesiones religiosas.

 

Por qué acudir a la escuela de los mártires

Porque son testigos del Evangelio del a esperanza.

El n.13 de Ecclesia in Europa, aunque la expresión ya estaba presente en el Instumenum laboris de la Asamblea especial para Europa., afirma refiriéndose a los mártires:

Más radicalmente aún, demuestran que el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza: «En efecto, los mártires anuncian este Evangelio y lo testimonian con su vida hasta la efusión de su sangre, porque están seguros de no poder vivir sin Cristo y están dispuestos a morir por Él, convencidos de que Jesús es el Dios y el Salvador del hombre y que, por tanto, sólo en Él encuentra el hombre la plenitud verdadera de la vida. De este modo, según la exhortación del apóstol Pedro, se muestran preparados para dar razón de su esperanza (cf. 1 Pe 3,15). Los mártires, además, celebran el “Evangelio de la esperanza”, porque el ofrecimiento de su vida es la manifestación más radical y más grande del sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que constituye el verdadero culto espiritual (cf. Rm 12,1), origen, alma y cumbre de toda celebración cristiana. Ellos, por fin, sirven al “Evangelio de la esperanza”, porque con su martirio expresan en sumo grado el amor y el servicio al hombre, en cuanto demuestran que la obediencia a la ley evangélica genera una vida moral y una convivencia social que honra y promueve la dignidad y la libertad de cada persona». (II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris, n. 88: L'Osservatore Romano, 6.08.1999 - Supl., p. 17)” [8].

Por tanto, si “el martirio es la encarnación suprema del Evangelio de la esperanza”, es un deber de la Iglesia acogerlo y ofrecerlo como ideal de vida cristiana, como modelo acabado de santidad, como la suprema realización de la persona, como una maravillosa manifestación de amor.

 

Mirar a los mártires para aprender de ellos

El papa, en el videomensaje de Tarragona, mirando a la tradición de la Iglesia, nos animaba a imitar a los mártires, porque “Siempre hay que morir un poco para salir de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro bienestar, de nuestra pereza, de nuestras tristezas, y abrirnos a Dios, a los demás, especialmente a los que más lo necesitan”[9].

Para los cristianos de los primeros siglos eran un referente la vida y el testimonio de quienes les habían precedido. En las Actas de los Mártires[10] tenemos verdaderos relatos de la pasio desde el siglo II. Las iglesias tenían la necesidad de dejar constancia del talante de estos cristianos en el momento de dar la vida por razón de la fe, y es que se cumple el dicho popular “se muere como se vive”. Eran conscientes de que el santo no se hace a partir de la muerte, sino de la vida. Escriben los relatos para mantener la memoria. Hacer memoria para celebrar la vida de los que han muerto y para aprender de ellos que la VIDA se gana cuando se pierde, que con la vida dada, no arrebatada, crean una alianza nueva y duradera con el Dios y hacedor de la vida.

Hacían memoria en el dies natalis, celebraban el nacimiento a la vida nueva en Cristo Jesús. Conservamos sermones bellísimos de san Agustín (354-430), de san Gregorio Magno (537-604), ¡imponentes!. Son textos más atentos a la edificación del pueblo de Dios que a la historia, entre otras cosas porque la historia era conocida por los oyentes. Que estos santos padres, y Doctores de la Iglesia, siglos después de los acontecimientos, celebren y acudan a la enseñanza y al ejemplo de los mártires de los siglos segundo o tercero, nos dice que la memoria de los mártires seguía siendo una de las más puras fuentes de fervor y de aliento del pueblo cristiano.

Traigo un trozo de la Homilía de san Gregorio Magno, en la basílica de santa Felicidad, el día de su natalicio[11]. Estamos en la segunda mitad del s.VI. Felicidad es una noble cristiana, romana, del s.II. Una mujer que se había consagrado a Dios en su viudez y vivía dedicándose a la oración y las obras de caridad. Su ejemplo, y el de su familia, atrajo a muchos a la fe. Las actas de su martirio hablan de siete hijos a los que fueron ajusticiando delante de ella. Dice así el texto:

4. Consideremos, hermanos, a esta mujer y considerémonos a nosotros, que somos varones por los miembros de nuestro cuerpo, y veamos qué estima merecemos en su comparación. Porque es el caso que a menudo nos proponemos hacer algún bien; mas con una palabra, por ligerísima que sea, que salte de labios de un burlón quebrantados al punto y confusos, nos damos salto atrás en nuestro buen propósito. A nosotros basta, las más de las veces, una palabra para retraernos de la obra buena; a Felicidad, ni los tormentos bastaron para quebrantarla en su santa intención. Nosotros tropezamos en un airecillo de maledicencia; ella caminó al reino rota por el hierro, y no tuvo en nada cuanto se le puso delante. Nosotros no queremos dar, conforme a los mandamientos del Señor, ni aun lo superfluo; ella no solo ofrecía a Dios sus bienes, sino que dio por Él su propia carne. Nosotros, cuando por permisión divina perdemos los hijos, lloramos sin consuelo; ella los hubiera llorados como muertos, si no los hubiera ofrecido a Dios por el martirio. Así pues, cuando viniere el riguroso juez para el terrible examen, ¿qué diremos nosotros varones, después de ver la gloria de esta mujer? ¿Qué excusa tendrán entonces los varones de la flaqueza de su alma, cuando se les muestre esta mujer, que juntamente con el mundo venció a su sexo? Sigamos, pues, hermanos amadísimos, el camino estrecho y áspero del Redentor, pues por el uso de las virtudes se ha hecho ya tan llano, que por él hayan gusto en caminar las mujeres. Despreciemos todo lo presente, pues nada vale todo lo que puede pasar. No nos venza el amor de las cosas terrenas, no nos hinche la soberbia, no nos desgarre la ira, no nos manche la lujuria, no nos consuma la envidia. Por amor nuestro, hermanos amadísimos, murió nuestro Redentor; nosotros también, por amor suyo, aprendamos a vencernos a nosotros mismos. Y si esto hiciéremos con perfección, no solo escaparemos a las penas que nos amenazan, sino que seremos, juntamente con los mártires, recompensados con gloria. Pues si es cierto que falta la ocasión de la persecución, tiene también, sin embargo, nuestra paz su martirio. Porque si no ponemos el cuello bajo el hierro, mas por la espiritual espada matamos los deseos de la carne, ayudándonos Aquel que con el Padre y el Espíritu Santo reina por los siglos de los siglos. Amén.

 

¿Qué hemos de hacer, hermanos?

Nosotros, como aquellos que el día de Pentecostés, tras oir a Pedro hablar con toda libertad de la Resurrección de Jesús, de la que se presenta como testigo, y de cómo Dios lo constituyó Señor y Cristo, podemos, mirando a los mártires, preguntarles: ¿qué hemos de hacer, hermanos? (Cfr. Hch 2,29-37).

Mientras les fue posible, incluso en el cautiverio, celebraban la Eucaristía, recibían la comunión, oraban; conservaron y cuidaron con veneración signos religiosos, especialmente la cruz y el rosario; fueron valientes apóstoles confesando su condición de creyentes; confortaban y sostenían a los compañeros de prisión; rechazaban con firmeza las invitaciones a minusvalorar o renunciar a su identidad eclesial; fueron fuertes cuando eran maltratados y torturados; perdonaron y rezaron por sus verdugos; en la hora última, alentaron la fe del grupo, mostraron serenidad y paz, y proclamaron a Cristo, único Señor.

En Spe salvi, Benedicto XVI recoge algunas frases de una carta de Pablo Le-Bao-Thin (†1857), mártir vietnamita del s.XIX, en las que resalta la transformación del sufrimiento mediante la fuerza de la esperanza que proviene de la fe:

“Yo, Pablo, encarcelado por el nombre de Cristo, os quiero explicar las tribulaciones en que me veo sumergido cada día, para que, enfervorizados en el amor de Dios, alabéis conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia (cf.Sal 136 [135]). Esta cárcel es un verdadero infierno: a los crueles suplicios de toda clase, como son grillos, cadenas de hierro y ataduras, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, peleas, actos perversos, juramentos injustos, maldiciones y, finalmente, angustias y tristeza. Pero Dios, que en otro tiempo libró a los tres jóvenes del horno de fuego, está siempre conmigo y me libra de las tribulaciones y las convierte en dulzura, porque es eterna su misericordia. En medio de estos tormentos, que aterrorizarían a cualquiera, por la gracia de Dios estoy lleno de gozo y alegría, porque no estoy solo, sino que Cristo está conmigo [...]. Muestra, Señor, tu poder, sálvame y dame tu apoyo, para que la fuerza se manifieste en mi debilidad y sea glorificada ante los gentiles [...]. Queridos hermanos al escuchar todo esto, llenos de alegría, tenéis que dar gracias incesantes a Dios, de quien procede todo bien; bendecid conmigo al Señor, porque es eterna su misericordia [...]. Os escribo todo esto para que se unan vuestra fe y la mía. En medio de esta tempestad echo el ancla hasta el trono de Dios, esperanza viva de mi corazón...”[12]

Es una carta desde el “infierno”, dirá el papa, pero el sufrimiento no desata el mal en el hombre, sino que vence la luz: el sufrimiento –sin dejar de ser sufrimiento– se convierte a pesar de todo en canto de alabanza (Cfr. Spe salvi, 37). Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en esa tribulación un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito.

 

¿Qué hemos de hacer, hermanos? En la debilidad del mártir actúa la fuerza de la cruz, la fuerza del amor

Ellos viven en carne propia ese “Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro para que aparezca que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no de nosotros. Atribulados en todo, pero no aplastados; perplejos pero no desesperados; perseguidos pero no abandonados; derribados pero no aniquilados” (2Cor 4,7-9), que escribía Pablo a los de Corinto, a los que también confiesa: “cuando soy débil entonces soy fuerte” (2Cor 12,10). Es en la debilidad donde se manifiesta la fuerza creadora del amor de Dios. Éste es el secreto de la Iglesia. De esta experiencia interior nacen la fortaleza, la esperanza y la alegría.

La certeza de un amor incondicionado les permite decir con el apóstol: “ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra cosa podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,38-39)

Con el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, Dios desciende hasta el fondo de nuestra humanidad para elevarla a su alteza.

En el inicio del Año de la Fe, el papa Benedicto, en una Audiencia General definía la fe como “creer en este amor de Dios que no decae frente a la maldad del hombre, frente al mal y la muerte, sino que es capaz de transformar toda forma de esclavitud, donando la posibilidad de la salvación. Tener fe, entonces, es encontrar a este «Tú», Dios, que me sostiene y me concede la promesa de un amor indestructible que no sólo aspira a la eternidad, sino que la dona; es confiarme a Dios con la actitud del niño, quien sabe bien que todas sus dificultades, todos sus problemas están asegurados en el «tú» de la madre.”[13].

La adhesión a ese TU que les sostiene, que les concede la promesa de un amor de eternidad… les abre a la confianza de los cielos nuevos y la tierra nueva.

¿Qué hemos de hacer? Los mártires no apuestan por la muerte sino por la vida

No buscan la muerte, pero no le dan la espalda llegado el momento. Nos están diciendo que la vida puede más, que el verdadero sentido no está en lo que tenemos o en lo que nos falta, sino en la donación de sí. Nos introducen en el misterio pascual. “Precisamente es la Resurrección -decía el papa Francisco en la Audiencia del miércoles de Pascua del año 13- la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado, la muerte, pueden ser vencidos; la Resurrección de Cristo es nuestra fuerza[14]

No es frecuente que cuando uno ha sido condenado a morir tenga ocasión, en los momentos previos al martirio, de dirigir a sus familiares o amigos unas palabras de despedida, pero se conservan impresionantes testimonios de mártires de los años treinta, que reflejan las actitudes profundas de quienes ya habían asumido la gracia del martirio. Traigo aquí algunos retazos. Muestran la certeza de que la muerte no es el final.

Bartolomé Blanco, joven dirigente católico de 22 años, natural de Pozoblanco –Córdoba-, desde la cárcel de Jaén escribe, cuando ya había sido condenado a muerte en un juicio sumarísimo a los tíos que lo habían criado, el 1 de octubre de 1936. Fue ejecutado al día siguiente. Dice a sus tíos:

“… y nada más, me parece que estoy en uno de mis frecuentes viajes y espero encontrarme con todos en el sitio a donde embarcaré dentro de poco: en el cielo.

Allí os espero a todos, y desde allí pediré por vuestra salvación. Sírvaos de tranquilidad el saber que la mía, en las últimas horas, es absoluta por mi confianza en Dios.

Hasta el cielo…” [15]

Ese mismo día también escribe a Maruja, su novia:

“… ellos al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto y, al intentar perderme, me han salvado […] al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de la Religión me abren de par en par las puertas de los cielos”.

Y, después de pedirle que rehaga su vida y que procure ser modelo de mujer cristiana, continúa: “No me olvides, Maruja mía, que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que conseguirla debe ser la máxima aspiración”.

Y se despide: “Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos”[16]

Bartolomé fue beatificado en Roma el 28 de octubre de 2007.

Fray Ignacio de Galdácano, capuchino de la comunidad de Antequera escribe a casa en la mañana del día de su muerte, era el día 8 de agosto y tenía 24 años:

“… no llore sobre todo usted, queridisima madrecita, mi amachu lastana; si le causa mucho dolor la noticia de mi muerte, le de mucho consuelo el tener un hijo mártir, que desde el cielo le sigue queriendo muchísimo y rogando por usted y por todos los de la familia para que allí nos encontremos un día todos.

[…] Agur, Agur, hasta el cielo.”

Pepete, uno de los cuatro hijos presos y condenados a muerte, que desde Albacete escribe a su madre viuda el 26 de septiembre de 1936:

“…Si no fuera por los que os quedáis, mayor sería mi tranquilidad, pero confío que como buena católica sabrás tener resignación, no desesperes que el día que abandones esta vida tendrás a tu marido y tus cinco hijos esperándote para llevarte ante lo más grandioso que se puede esperar. Valor mamá, valor…”

 

¿Qué hemos de hacer? Es común a todos los mártires las palabras y gestos de perdón y bendición para sus verdugos.

Mueren perdonando. Es el amor a los enemigos que proclama Jesús en las bienaventuranzas.

El mal, nos dice Jesús en el evangelio, nace del corazón y se convierte en agresividad y violencia hacia los otros y hacia nosotros mismos. Perdonar al otro sin reciprocidad es lo que Jesús ha vivido hasta el extremo y lo que pide a los que quieren ser sus discípulos (Cfr. Mc 7,20-23; Mt 15,18-20; Lc 23,34).

El perdón no es un fracaso humano, ni una cobardía. Es una victoria sobre nosotros mismos, un camino de humanización para nosotros y para nuestros enemigos. El perdón es una opción libre, consciente y responsable con la que afirmamos que el amor es más fuerte que el odio, que la fraternidad es una prioridad en nuestras vidas. Jesús no era un idealista cuando pedía el perdón de los enemigos y el amor hacia los perseguidores. El mal no puede vencer al mal.

El beato Tirso de Jesús María, carmelita descalzo de la comunidad de Toledo, pudo enviar una carta a su familia a través del director de la cárcel. Les escribe:

“Sean todos muy buenos. Perdonen y bendigan y amen a todos; como yo les amo y perdono y bendigo.”[17]

Y, de nuevo Bartolomé Blanco en la carta a sus tíos:

“Conozco a todos mis acusadores; día llegará que vosotros también los conozcáis, pero en mi comportamiento habéis de encontrar ejemplo, no por ser mío, sino porque muy cerca de la muerte me siento también muy próximo a Dios Nuestro Señor, y mi comportamiento con respecto a mis acusadores es de misericordia y perdón.

Sea esta mi última voluntad. Perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano, devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal.”[18]

Faustino Pérez, claretiano, del grupo de estudiantes de Barbastro –beatificados en octubre de 1992-, escribió su testamento dirigido a la Congregación el 13 de agosto de 1936, en nombre los 50 religiosos del Corazón de María de aquella casa de formación. Ya sabía que iba a morir al día siguiente. Fueron muriendo en grupos; a él le tocó en la última tanda. Tenía 25 años. Se expresa así:

“¡Y qué nobles y heroicos se están portando tus hijos, Congregación querida! Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos […] esperamos el momento con generosa impaciencia, y cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada…”

Esos gestos y palabras de perdón, no pasan desapercibidas a los “verdugos”. Es impresionante el testimonio de uno de ellos:

“Desde que maté al Jefe de los frailes del Pueyo –se refiere a Mauro Palazuelos, prior de los benedictinos del Pueyo, beatificado en Tarragona en octubre de 2013-. Desde entonces no he podido dormir ni vivir tranquilo, porque sus ojos no puedo apartar de mí. Este fraile mostró un heroísmo extraordinario.

Porque cuando le llevábamos a matar, alentaba enardecido a sus compañeros que iban en el camión, rezando y cantando a su madre.

¡Bien amarrado iba!; y pidió ir a pie, siguiendo al camión.

Al subir la cuesta del cementerio, cuanto más cantaba, más me enfurecía yo, pegándole fuertes golpes con el fusil.

Dicho fraile, dirigiéndose a sus compañeros, les dijo: Perdonad a vuestros verdugos, que pronto entraremos en la gloria.

Tal rabia tomé a ese fraile, que advertí a los otros milicianos: Vosotros cuidad de los demás; a éste me lo cargo yo”.

Y un último testimonio, de Joaquín, hermano de Pepete:

“Bueno, mis queridos todos, como veis vamos a la muerte con una fe y una resignación, que si no [fuera] por pensar en vosotros no tendríamos ninguna pena, pues nos hemos encomendado a nuestro Señor y vamos con una tranquilidad de conciencia que no tememos a nada ni a nadie. Por tanto, perdonad a todos lo que nos han hecho, lo mismo que nosotros perdonamos de todo corazón.”

Nuestros mártires buscan el modo de seguimiento del que es y reconocen como Camino, Verdad y Vida, mirando a los primeros cristianos. Desde los años 20 del pasado siglo tenemos múltiples referencias de cómo en la formación sistemática de aspirantes al sacerdocio o a la vida consagrada, pero también de grupos y movimientos laicales, estudiaban la vida de los primeros vinculados a la imitación de Cristo. Como ellos, están dispuestos a dar la vida por lo que creen, por lo que viven, por Aquel en Quien y por Quien viven. Por eso, antes de la persecución religiosa propiamente dicha, encontramos testimonios escritos o de testigos que expresan esa disposición de, si era preciso, dar la vida por el Evangelio y por la Iglesia de Jesucristo.

 

¿Qué hemos de hacer? Viven alentando y sosteniendo la fe de los que les acompañan

Y esto, mientras gozan de libertad aunque vivan bajo la presión de la persecución y la violencia; también mientras sufren la prisión y cuando caminan hacia el lugar donde derraman la sangre por Cristo. Mantienen la unidad, alientan, consuelan, practican el cuidado de los otros, viven la comunión... Y es que la fe no se vive de modo individual. La fuerza del Espíritu que nos permite llamar a Dios “Padre” y que nos hace vivir con hijos, se ha dado a la Iglesia, a la comunidad de hermanos.

 

Una última enseñanza práctica de los mártires que traigo, y sólo cito, es la fidelidad a la propia vocación,

al carisma concreto, sea la vida religiosa, el ministerio ordenado, el compromiso laical. No es obstinación ni intransigencia. Es permanecer en el amor primero, acogido y querido como don. Renuncian con alegría a todos los planteamientos de vida y a los bienes que suponen infidelidad, ambigüedad en las opciones de fe, tibieza…–recordemos que a no pocos les ofrecían salvar la vida a cambio de “algunas concesiones”-.

Necesitamos tener la valentía de la fe. La tentación de dejar a Dios a un lado y ponernos nosotros mismos en el centro está siempre a la puerta llamando. No podemos dejarnos guiar por la mentalidad que nos dice “Dios no sirve, no es importante”.

Para terminar

Durante el jubileo del Año de la fe el papa Francisco le decía a un grupo numeroso de jóvenes: “Apostad por ideales grandes, esos ideales que ensanchan el corazón, los ideales de servicio que harán fecundos vuestros talentos. La vida no se nos da para que la conservemos celosamente para nosotros mismos, sino que se nos da para que la donemos. Queridos jóvenes, ¡tened un ánimo grande! ¡No tengáis miedo de soñar cosas grandes!”[19] Los mártires, soñaron cosas grandes, apostaron por ideales grandes y los vivieron con alegría.

Y mientras vamos de camino, los mártires son los mejores intercesores y los mejores maestros de vida para recuperar la claridad y el vigor de un cristianismo sincero, personal, anclado en el amor de Dios y en la posesión de la vida eterna, vivido como un ejercicio del amor y de la fraternidad, con coherencia, con valentía, sin miedos ni concesiones, también sin odios ni condenaciones, con humildad, con paciencia, con misericordia, devolviendo bien por mal y renunciando a los falsos reconocimientos que siempre exigen por adelantado el mismo sometimiento que el demonio pedía a Jesús en las tentaciones del desierto.[20]

El verdadero martirio es el testimonio supremo. Pero también está el testimonio de cada día, el testimonio de hacer presente el mensaje de la Pascua. 

En este sentido el papa Francisco en la eucaristía en Santa Marta en una mañana de mayo de 2015,  afirmaba -y con estas palabras termino-:

“Un cristiano que no toma seriamente esta dimensión ‘martirial’ de la vida no ha entendido aún el camino que Jesús nos ha enseñado: camino ‘martirial’ de cada día; camino ‘martirial’ en el defender los derechos de las personas; camino ‘martirial’ en el defender a los hijos: papás, mamás, que defienden su familia; camino ‘martirial’ de tantos, tantos enfermos que sufren por amor de Jesús. Todos nosotros tenemos la posibilidad de llevar adelante esta fecundidad pascual por este camino ‘martirial’, sin escandalizarnos”[21]

Mientras iban de camino

“Ánimo compañeros, que la vida puede más”

¿Quiénes son los mártires?

Por qué acudir a la escuela de los mártires

Mirar a los mártires para aprender de ellos

¿Qué hemos de hacer, hermanos?

  • En la debilidad del mártir actúa la fuerza de la cruz, la fuerza del amor
  • No apuestan por la muerte sino por la vida
  • Palabras y gestos de perdón y bendición para sus verdugos
  •  viven alentando y sosteniendo la fe de los que les acompañan
  • fidelidad a la propia vocación

Para terminar

 

[1] Juan Pablo II, Incarnationis Mysterium 13

[2] Juan Pablo II, Ecclesia in Europa 13

[3] Precisamente las Jornadas anuales que ofrecemos desde la Oficina para las Causas de los santos, en el año 2012 llevaban por título “El siglo de los mártires”; los materiales fueron publicados por EDICE en 2013. Son Jornadas dirigidas a Postuladores, Vicepostuladores, Delegados Diocesanos y responsables de Causas, y equipos de las comisiones históricas.

[4] Papa Francisco, Audiencia General 10.04.2013. www.vatican.va

[5] González Rodríguez, M. Encarnación, “Hacia la beatificación de un numeroso grupo de mártires”, en González Rodríguez, M. Encarnación (Ed) Hablar hoy de martirio y de santidad, EDICE, Madrid 2007 p.153

[6] LG 42

[8] Juan Pablo II,  EIE, n.13. La negrita es mía.

[9] Papa francisco, Mensaje, Beatificación Año de la fe, 13.10.2013. www.beatificación2013.com

[10] Ruiz bueno, Daniel (Ed.). Actas de los mártires. BAC, Madrid 2012

[11] Ibidem, pp. 290-293

[12] “Breviario romano”, Oficio de lectura, 24 noviembre. En BenedictoXVI, Spe salvi, n.37. Las negritas son mías.

[13] Benedicto XVI, Audiencia General 24.10.2012, www.vatican.va

[14] Papa Francisco, Audiencia General, 03.04.2013, www.vatican.va

[15] Conferencia Episcopal Española. Oficina para las Causas de los Santos, Beatificación de 498 mártires del siglo XX en España, EDICE 2008, p.241

[16] Ibidem, pp.242-243

[17] Ibidem, p.237

[18] Ibidem, p.240

[19] Ibidem, Audiencia General 24.04.2013

[20] Sebastián, F. “Mártires en la vida de la Iglesia”, en González rodríguez, M Encarnación, (Ed), Mártires del siglo XX en España. Don y desafío, EDICE, Madrid 2008, p.45.

[21] “Aún hoy se asesinan a los cristianos en nombre de Dios, dijo el papa en su homilía” News.va 11.05.2015