Homilía pronunciada por el Excmo. y Rvdmo. Sr D. Fray Manuel Herrero Fernández, OSA. Obispo de Palencia

HOMILIA EN LAS XIX JORNADAS AGUSTINIANAS “LOS AGUSTINOS EN EL MUNDO DE LA CULTURA.

Colegio san Agustín, Madrid. 5 de marzo de 2017, 09,00 horas. Misa del Domingo Primero de Cuaresma.

1.- Un saludo cordial, hermanos y hermanas en Cristo y en San Agustín.

2.- Quiero expresar mi alegría y mi gratitud por haber sido invitado a presidir esta Eucaristía, que si es fuente, centro y culmen de toda la vida de la Iglesia y de la vida religiosa agustiniana, también lo es de estas jornadas.

3.- Es más, creo la Eucaristía es una llamada a seguir estando presentes en el mundo de la cultura hoy,  en comunión con Cristo, que aquí  es sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad, es el Hijo de Dios que se encarnó en nuestra carne, en nuestro mundo e  historia, en un pueblo con una cultura concreta,  y hoy quiere hacerse carne, hacerse pan y vino para  compartir la vida divina ser la esperanza y la alegría con todos los hombres de  todas las culturas.

4.- La Oración Colecta de hoy, primer domingo de Cuaresma, y la Palabra de Dios que hoy ha sido proclamada y regalada nos invitan a vivir como cristianos y como agustinos, siguiendo el rastro de san Agustín y nuestros mayores, en el empeño de inculturación divina, de testigos de la fecunda relación entre fe y cultura, que consiste en que Cristo se forme en nosotros y en los demás hasta hacernos hombres y mujeres pascuales.

Pedíamos al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo “avanzar en la inteligencia del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”.

Avanzar, porque ya Dios inició,  ha ido haciendo su obra en nosotros y completará su obra en nosotros; avanzar con empeño por nuestra parte,  conociéndole, amándole, siguiéndole a Él para vivir con Él;  ayudándonos unos a otros, con  la palabra, oral o escrita, y el ejemplo. Avanzar en la inteligencia no se reduce a la mente, sino con todos los sentidos, con  todo nuestro ser, mente, espíritu y corazón; leer por dentro,  penetrar en el amor de Cristo, en el misterio de Cristo, que es el misterio del amor de Dios, y desde Él leer todas las cosas porque es el Misterio que envuelve  al ser humano, su historia y peripecia, y todas las cosas: en Él nos movemos, existimos y somos y Él es  origen, guía y meta del universo.

Pedíamos, además, vivirlo en plenitud, porque se trata de vivir amando a Dios y al prójimo, y encontrar en ese amor nuestro gozo, nuestro descanso temporal y eterno.

Todo un programa que la oración y la Palabra de Dios nos presenta y se llama CONVERSIÓN, personal, comunitaria y pastoral: convertirnos a Cristo, vivir como Él vivió, transformarnos en el que recibimos.

5.- Como guía en esta conversión tenemos la Palabra de Dios, proclamada y actualizada por el Espíritu Santo que guía y asiste siempre a la Iglesia.

Esta Palabra nos invita en la primera lectura a reconocer que somos sus criaturas, que Él nos hizo y somos suyos; pero también a reconocer que no hemos sido fieles, que hemos pecado en y como Adán y Eva, dejándonos seducir por la serpiente, por el Diablo. Pero en el salmo hemos confesado que si grande ha sido y es nuestro pecado más grande es la misericordia del Señor que es capaz de crear un hombre nuevo con un corazón nuevo. San Agustín  y el Beato Pablo VI resumían su vida, en estas palabras: “Mi Miseria y tu Misericordia”; el papa Francisco se hace eco de esta síntesis cuando dice al comienzo de su Carta Apostólica “Misericordia et mísera” que nos ha regalado al concluir el Jubileo Extraordinario de la Misericordia lo siguiente: ”No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios que viene al encuentro del pecado” (MeM,1). Porque, como escuchábamos en la segunda lectura, si por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, por Cristo se nos ha otorgado la gracia, un derroche de gracia y el don de la justificación.

Para convertirnos tenemos que dejar que la Palabra de Dios cale en nosotros y nos toque el corazón como lo hizo con Agustín, el que vivió en permanente actitud de conversión; el papa Benedicto XVI hablaba en la Basílica de Pavía donde está el sepulcro de San Agustín   de tres momentos de la conversión para indicar que Agustín siempre vivió en esta clave.

Hoy el Evangelio nos dice que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Haciendo caso al diablo, al separador, nuestra cultura  ha querido prescindir de Dios, separándonos de Dios, de nosotros mismos, de los demás y de toda la creación,  engañándonos y haciéndonos creer que el hombre sólo vive de pan, de la ciencia y la técnica, y haciéndonos olvidar  que no sólo de pan vive el hombre, sino de Dios, que en Cristo nos da palabras de vida eterna, se hace  nuestro Pan Verdadero, el que da vida y vida eterna, pues nos hiciste Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti. Tenemos que reconocer que lejos de Él nos va muy mal y lo experimentamos personal y socialmente a diario.

Jesús en este Evangelio proclamado nos invita a no tentar a Dios, pensando que Dios está contra nosotros porque no salen las cosas como nosotros pensamos porque no está a nuestra voluntad caprichosa cuando le invocamos para que nos saque las castañas del fuego, no asumiendo nuestra responsabilidad. Dios no es un tapagujeros, sino nuestro Creador y Redentor, nuestro Padre con entrañas maternales, compasivo y misericordioso.

Al final del Evangelio nos llama a adorar y servir a Dios, a volvernos a ÉL y darle culto sólo a Él, no el poder, no la adoración del hombre ni sus obras, sea quien sea, ni a uno mismo; no ser esclavo ni del dinero, ni del placer como si fueran un absoluto, sino sólo a Él que nos eleva y se hace servidor y esclavo nuestro.

Este proceso se llama conversión;  y  el camino  de  la conversión consiste en escuchar su palabra y ponerla por obra, obedecer, como lo hizo la Virgen  Santa María, san Agustín, santa Mónica, santo Tomás de Villanueva y todos los santos nuestros hermanos canonizados o no.

Todo este proceso conversión, de escucha para avanzar en el misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud, tanto en nuestra vida como en la cultura actual, se concreta hoy en seguir el espíritu del Vaticano II y los grandes documentos magisteriales, en hacer caso al papa Francisco. Hoy el papa nos propone trabajar en una cultura del encuentro, en una cultura de la misericordia, saliendo, abriéndonos, respetando y sirviendo a los hombres en todas las situaciones, también en las periferias de todo tipo, incluso culturales, pero desde nuestra identidad más profunda, el Dios que en Cristo y con su Espíritu ha salido de Sí, ha venido a nuestro encuentro y se ha abierto a nosotros hasta hacernos hijos y hermanos. La encarnación será siempre el paradigma de toda vida cristiana, toda vida consagrada, de toda teología y de nuestra aportación para renovar la cultura.

Esta forma de vivir traerá conflictos que habrá que aceptarlos, no ocultarlos y sufrirlos hasta el fondo, por y con amor, buscando cómo resolverlos, cómo abrirnos al bien y a la verdad de los otros, sin descartar a nadie ni olvidar a nadie, incluso los que son cuestionados por sus errores; tenemos que ver cómo armonizar las diferencias, cómo hacer síntesis, aunque tengamos que renunciar a algo para superar tensiones violentas e intereses cerrados, sin sospechas ni insultos. Debemos buscar una fraternidad en la diversidad reconciliada a través del diálogo  como lo hizo San Agustín y nos proponía Pablo VI  en Eclesiam Suam, un diálogo desde la claridad, la mansedumbre, la confianza y la prudencia, desde el amor pues de esta raíz no puede salir sino el bien. Como decía con sabor agustiniano Rupertus Meldonius, protestante, tenemos que practicar lo de “In necesariis únitas, in non necesariis libertas et in ómnibus cáritas”, “en lo necesario, unidad; en lo no necesario, libertad y en todo caridad”.

6.- Pidamos todo esto al Señor que fue tentado pero venció, y que a nosotros peregrinos, que nos vemos muchas veces tentados, nos dé parte en su victoria; que nos nutra con su Palabra y su Cuerpo y Sangre en esta Eucaristía y nos regale su Espíritu  para vencer con y como Él; pidámosle que alimente siempre  nuestra fe, consolide nuestra esperanza y fortalezca nuestro amor en esta Cuaresma y en la Cuaresma de la vida, trabajando por la civilización del amor hasta que lleguemos a la Pascua que no tiene fin en Jerusalén del cielo, donde todas las cosas tendrán por cabeza a Cristo, donde descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos, y será nuestro puerto y meta su Reino que no tendrá fin.

 

Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia.